A título absolutamente personal

rey en su asteroide

En estos días me he visto en el camino de volverme un descreído en la práctica de las soluciones colectivas (no en la teoría, en la que mi fe es fuerte). Pucha que nuestros egos (los de todos, el que escribe obviamente se incluye) conspiran para reeditar una versión multiplicada de los tres monitos ¿sabios?: No veo, no oigo, no hablo. La comunicación honesta, la… sincera actitud de poder ser convencido por el otro (no el “enemigo” a priori, solo el otro), la escucha desprejuiciada y sin valoraciones hirientes de antemano, la renuncia a “ensuciar la cancha”, el no recurrir a “poner mierda en el ventilador”, la autocrítica (no el reclamar siempre autocrítica a los demás), el no buscar culpables 360 grados a la redonda pero considerando impoluto mi pensamiento y acción, y… ¡pueden seguir millón y medio de etcéteras! Estas formas de relacionamiento imprescindibles en los colectivos están demodé, son fósiles extinguidos o utopías que nunca fueron en realidad.

Estamos tocando fondo y no cabe aquí la ilusión de pensar que en el fondo esto es bueno porque ya sólo queda tomar impulso para subir. ¡Error! Ya comenzarán a perforar hacia abajo hasta que nos encontremos como los mineros chilenos, pero sin que a nadie le importe rescatarnos.

¿A qué viene este largo lamento? A nuestro accionar como sociedad, por supuesto, enfocado especialmente en el colectivo gremial de (nosotros) los docentes, que conozco mejor y al que (a veces a regañadientes) pertenezco.

Son tiempos de fundamentalismos, en los cuales se ha declarado una situación de sospecha y suspicacia si uno no apoya (a los gritos y sin dudas) a Tirios o a Troyanos. Cuando, si algo nos hace humanos, no son nuestras frágiles certezas, sino la posibilidad de corregir el rumbo, aunar vivencias e ideas, crear, recrear, descartar, asumir, unirnos en las discrepancias y trabajar en los objetivos comunes.

¿Qué desbarata tan nobles máximas? La chiquita, el autorreferencialismo campante, los torneos de egos y de brillanteces, la soberbia, el desprecio, la otredad como amenaza a mi estructura mental rígida e inconmovible.

Se observa esta actitud socialmente suicida en todos lados. Partiendo de la base de que los otros siempre son unos reverendos jodedores malintencionados (y poco inteligentes, y sin razón en sus argumentaciones, etc, etc), nos arrogamos el derecho a “el que pega primero pega dos veces” y a ir preparados a cada confrontación cargados de violencia pronta a reventar a la menor señal (real o imaginada).

Esto se observa en las permanentes disputas de nuestros alumnos, en sus familias, en el barrio, en los programas de televisión que consumen y de los cuales han calcado las características más violentas e irracionales, en el “planeta fútbol” (en el boliche, en los programas de “especialistas”deportivos, en la cancha), en nuestros representantes políticos parlamentarios, en las “autoridades” de la educación, en el gobierno y en nuestro gremio de DOCENTES.

Asamblea (la del martes) con menguadísima convocatoria y participación, sin ideas novedosas, sin propuestas removedoras, con desmoralizantes ajustes de cuentas y reproches cruzados, derrotismo pero no autocrítica (la “culpa” siempre es ajena, la “victoria” es toda mía).

En fin…, que se asistió (una vez más) a un duelo de ironías y poses y posturas que hartan, que excluyen, que alejan. Y no lo ven, no lo captan, no lo asumen. Salvo, claro está, que esa sea la intención. La cosa es: Yo, el rey que reina en soledad en mi pequeño asteroide combativo.

Pablo Benavídez