Agrupación Ferrer i Guardia: ¿Cuál es el sentido de la educación?

Sobre la “Iniciación a la vida en educación media” y la obligación de retener a estudiantes sin clase

Durante la campaña electoral de 2014, el entonces candidato a la presidencia de la república por el Frente Amplio, Tabaré Vázquez, realizó la siguiente promesa para el área de la educación: en 2020 el 100% de los jóvenes de hasta 17 años terminarán el ciclo básico, con al menos un 75% completando los seis años de la enseñanza media.

No nos detendremos (ya lo hemos hecho, y con insistencia) en consideraciones acerca del tecnicismo pedagógico que inspira no sólo al Frente Amplio, sino a casi todo el sistema político-partidario, y de cómo la potestad del Poder Ejecutivo para designar a la mayoría de las autoridades de la educación vuelve inexistente la disposición según la cual el CoDiCen de la ANEP y los consejos desconcentrados disponen de autonomía técnica para determinar los destinos de la enseñanza.

Tampoco nos centraremos en la falta de condiciones materiales y presupuestales para cumplir con un objetivo así (actualmente y en promedio, cada veinte grupos de primero hay quince de segundo y diez de tercero; si todos los estudiantes de primero pasan a segundo y los de segundo pasan a tercero, la falta de aulas de clase obligaría a construir al menos 60 nuevos edificios liceales; si la continuidad entre el primer y el segundo ciclo fuese de al menos 75%, los liceos nuevos que se necesitarían serían más de cien; sucede que el presupuesto educativo que el poder ejecutivo diseñó –y que la bancada parlamentaria oficialista aprobó sin cuestionamiento alguno–, no permite ni construir tantos liceos, ni pagar a los docentes y funcionarios necesarios para asegurar su funcionamiento; dicho sea de paso, si hay asignaturas que hoy no disponen de un número suficiente de profesores, imaginemos entonces en un escenario como el que el supone la promesa electoral del Frente Amplio).

No haremos valoraciones acerca del debilitamiento de la institucionalidad democrática que supone captar el respaldo de la ciudadanía prometiendo algo que no se puede cumplir (con todas las dudas que un procedimiento así despierta acerca de si lo prometieron porque sabían que era imposible cumplir, o porque hablaron desde la ignorancia, o porque todo servía para ganar las elecciones, o todas esas opciones juntas a la vez).

Por último, y haciendo un gran esfuerzo, evitaremos analizar esa concepción burocrática y reaccionaria que consiste en reducir la vida de las personas a números que pueden ser manipulados.

El descarte de todos esos abordajes se debe a que, en vísperas del inicio de los cursos, entendemos prioritario detenernos en la naturaleza del objetivo del Frente Amplio para los próximos años de la educación pública: reducir a cero los abandonos y repeticiones, universalizando la promoción.

Reducción del liceo a un lugar donde “desarrollar macro habilidades”

Históricamente, los fines de la educación han sido diversos y controvertidos, asociándose a diferentes concepciones antropológicas y políticas. El peso que se da a tales o cuales conocimientos en la currícula es consecuencia del modelo de ser humano y sociedad que pretende alcanzarse. El entrenamiento militar será prioritario si el objetivo es la defensa de la patria. La educación en valores y virtudes cobrará importancia si se busca la elevación del espíritu. La enseñanza científico-tecnológica tiene su mirada puesta en el progreso material y el mundo laboral.

Nos preguntamos: ¿qué propuesta educativa disminuye abandonos y repeticiones, incrementando los egresos? No se necesita ser muy sagaz para darse cuenta que una que reduzca a cero las exigencias necesarias para lograr el pasaje de grado.

Consideremos un ejemplo. Presentar la Historia como una disciplina que estudia la organización social de los humanos a través del tiempo, partiendo del supuesto de que se ha transitado del desacierto y la rusticidad a la sensatez y el refinamiento, supone reforzar en los estudiantes el generalizado prejuicio social de que nuestros antepasados fueron estúpidos. Claro está, problematizar la idea de evolución y, en última instancia, la idea de tiempo, es más difícil y trabajoso, principalmente porque un número importante de adolescentes no comprenderán de qué se está hablando, como resultado de desfavorables condicionamientos sobre su aprendizaje. Y si ese nivel de problematización de la realidad se mantiene a lo largo del curso, es factible que muchos estudiantes no logren realizar aprendizajes significativos y, en consecuencia, deban rendir examen y/o repetir.

Si el objetivo es que todos los liceales promuevan, no importará mucho la complejidad de sus aprendizajes. En consecuencia, puede resultar apropiado presentar la Historia, por ejemplo, a través de un texto que narra muy rápida y superficialmente la evolución de la bicicleta.

Atendiendo a la consigna de reducir abandonos y repeticiones, mejorando los egresos, resultará óptimo circunscribir la educación a un conjunto de “macro habilidades” tan simples que cualquier estudiante de enseñanza media pueda realizar: buscar significados en un diccionario; encontrar palabras en el índice de un libro, en una lista o dentro de una “nube”; buscar la definición correcta en un “múltiple opción”; armar figuras con fichas del tetris; unir recuadros con ideas relacionadas; seleccionar el verbo correcto dentro de una lista; ordenar palabras para armar un enunciado; armar diferentes frases con las mismas palabras; colocar enunciados dentro de un texto; etc.

Sin perder de vista la meta de que cada uruguayo tenga su diploma de bachiller, aunque tal diploma esté al alcance de la mano de un analfabeto funcional, será recomendable que los docentes abandonen en el aula el estudio de obras cuya interpretación resulta difícil, incorporando en su lugar fuentes más “amigables”: artículos de la revista Galería del semanario Búsqueda, información extraída de atlas y enciclopedias escolares, publicaciones digitales del diario El País, videos de youtube, etc.

Pues bien: todo esto es lo que el CES y el CoDiCen pretenden que hagamos los docentes. Para disuadirnos de que lo hagamos -y ayudemos así al presidente de la república y su fuerza política a cumplir con sus promesas electorales-, han decretado que las dos primeras semanas del año lectivo sólo podrán proponerse a los estudiantes actividades como las arriba descriptas –reseñadas en un libro escrito para la ocasión–, en lo que han llamado “Iniciación a la vida en educación media”. (Nos gustaría saber cuánto se gastó para imprimir un libro por cada estudiante de ciclo básico del país; libro en el que, por ejemplo, se describe el éxito de las empresas Coca Cola y Pepsi, no muy en sintonía con las recomendaciones de una merienda saludable)

Algún lector desatento podría pensar que negamos la utilidad didáctico-pedagógica de buscar significados en un diccionario o jugar con las figuras del tetris: pues no, nada de eso. Lo que cuestionamos aquí es la ofensiva del gobierno nacional y la ANEP por reducir el acto educativo a un conjunto de “destrezas” que no aseguran la “acomodación” cognitiva de conocimiento alguno. Porque el objetivo de las autoridades, en consonancia con las promesas electorales de Vázquez, es que las actividades “extraordinarias” de las dos primeras semanas de clase se vuelvan “ordinarias” e impregnen durante todo el año los cursos de cada asignatura. Justificaremos a continuación esta afirmación.

El 30 de julio de 2015, en vísperas del ingreso al parlamento de los mensajes presupuestales, las autoridades del CES presentaron las políticas que pretenden implementar en el quinquenio. El punto de partida para el diseño de dichas políticas fue la “preocupación” por los indicadores de extraedad y repetición, y la satisfacción por el aumento en la promoción y la estabilidad de la matrícula.

Entre las políticas presentadas en esa ocasión por el CES, incluidas en el proyecto quinquenal enviado al parlamento como anexo del mensaje presupuestal del poder ejecutivo, sobresalen la prolongación del horario de clases (liceos de tiempo completo y de tiempo extendido) y el seguimiento de los estudiantes en su pasaje de sexto de escuela a primero de liceo y de tercero a cuarto de liceo.

Consideremos estas políticas separadamente.

La extensión del horario de clases permite/exige a las autoridades ofrecer desayuno/almuerzo/merienda a los estudiantes, tratando de sopesar una pequeña parte de las limitaciones socioeconómicas que contribuyen a los malos desempeños y, en ocasiones, a los abandonos (según el Instituto Nacional de Estadísticas, casi treinta mil jóvenes uruguayos de 14 a 17 años trabajan para aportar ingresos a sus hogares, desplazando así la “infructífera” actividad de estudiar, que no aporta a la olla familiar). Al mismo tiempo, la extensión horaria habilita la realización de talleres que buscan el afianzamiento de los lazos afectivos del estudiante y su familia con la institución. El vínculo con las familias, muy especialmente en los barrios más pobres del país, permite realizar la advertencia/amenaza de suspender ciertas prestaciones sociales si no se da la permanencia de los jóvenes en el liceo. De hecho, se dispuso una millonaria inversión en tabletas electrónicas para realizar el control de asistencia, con el objetivo de monitorear “on line” a los estudiantes más “irregulares” (inversión realizada desde el prejuicio de que hay adolescentes que abandonan el liceo porque las comunidades educativas no hacen nada para evitarlo, prejuicio fundado en la alarmante ignorancia de las autoridades acerca de la vida cotidiana en los liceos del país).

Las políticas focalizadas de “enlace” entre escuela y liceo (y, dentro de este, entre ciclo básico y bachillerato) van en el mismo sentido que la extensión del horario de clases: mediante visitas de estudiantes y profesores de liceo a sextos años de escuela, la adopción de formatos áulicos “abiertos” (como la “Iniciación a la vida en educación media”) y el “fortalecimiento” de la figura del docente referente , se pretende generar un vínculo amistoso con los estudiantes que, llegado el caso, permita advertir/amenazar.

Hagamos ahora una síntesis de lo que estas políticas pretenden del estudiante (y sus familias): algunas destrezas básicas a cambio de mantener prestaciones sociales.

Resulta innegable que las instituciones educativas pueden (y deben) encarar un rico proceso de enseñanza y aprendizaje que acompañe la alimentación, el juego, la afectividad e incluso la advertencia/amenaza (concediendo que pueda llamarse “educación” a una respuesta obtenida bajo el chantaje de quitar un dinero necesario para vivir). Ese no es el punto. El punto es que la educación, orientada a la retención y promoción, es reducida mediante estas políticas a un conjunto de “macro habilidades”.

De lo que no se dice una sola palabra en todo este presuntuoso abanico de políticas, programas, proyectos y circulares que imponen unilateralmente cambios en la vida liceal, es del APRENDIZAJE DE CONOCIMIENTOS DISCIPLINARES CIENTÍFICOS, ARTÍSTICOS Y FILOSÓFICOS. ¿Por qué? Porque el aprendizaje de conocimientos exige condiciones previas de educabilidad que no existen para decenas de miles de adolescentes uruguayos, haciendo casi imposible su permanencia y promoción dentro del sistema educativo. Y para que estos miles de adolescentes completen la enseñanza media, es condición necesaria (aunque no suficiente) pulverizar la relación docente-alumno centrada en los conocimientos.

¿Derecho a la permanencia o reclusión forzosa?

El mencionado desplazamiento de los conocimientos disciplinares por un horario más largo para “desarrollar macro habilidades”, tiene su correlato en la Circular 1/2015 del CoDiCen, que obliga a las direcciones liceales a retener dentro del recinto liceal a los estudiantes durante todo el horario del turno al que asisten, sin importar si hay o no profesores que puedan trabajar con ellos.

¿Qué es lo que se busca con esta resolución?

Lo primero a pensar es el sentido pedagógico de una institución educativa: ¿para qué se va al liceo?, ¿cuál es la finalidad política de que un grupo de adolescentes permanezcan en el liceo sin profesores que puedan estar con ellos? Si la educación fuera concebida como alguna clase de interacción entre docentes, estudiantes y conocimientos, la falta de uno de los componentes sería razón suficiente para que lo que suceda no sea el acto educativo buscado por el liceo a través de un plan y unos programas previamente pautados.

Sucede que dos de los componentes (docentes y estudiantes) son humanos y, como tales, pueden faltar a la cita (en el caso de los docentes, mayormente porque no han sido designados, por causales asociadas a la maternidad –72% de los docentes de Secundaria son mujeres–, por superposiciones que ocasiona el multiempleo o por enfermedad). ¿Qué hacer en tales casos?

Un sistema de suplencias que permitiese cubrir la mayor parte de las vacantes exigiría aumentar significativamente el número de profesionales docentes que hay en la actualidad (algo que en modo alguno va a suceder con un salario que al ingreso a la función se encuentra por debajo de los veinte mil pesos líquidos); y ello sin considerar que tal incremento del número de profesores exigiría mayor presupuesto para poder remunerar a los suplentes.

Otra opción sería que con un número no muy grande de docentes, que estén durante todo el horario de clases en el liceo, pudiesen ofrecerse opciones educativas alternativas a los estudiantes que circunstancialmente se encuentran sin el acompañamiento de un profesor curricular: talleres de lectura, talleres de arte, educación física, etc. Obviando el tema de que esta opción también supone incrementar el presupuesto destinado a salarios, nos topamos con un obstáculo de carácter estructural: la enorme mayoría de los liceos no disponen de espacios adecuados para realizar tareas como las nombradas: bibliotecas nutridas de buenos libros con salas de lectura espaciosas y provistas de mesas y sillas, salones aprovisionados de recursos para realizar actividades artísticas, gimnasios con duchas, etc. (ni más ni menos, lo que se le exige a un colegio privado para lograr la habilitación). Estas condiciones edilicias no sólo no existen en la gran mayoría de los liceos públicos, sino que, en caso de que se destinaran los recursos necesarios, las superficies liceales no permitirían las ampliaciones y/o readecuaciones señaladas.

En este país, donde la mayor parte del sistema político partidario se llena la boca hablando del valor de la educación pero sin otorgarle un presupuesto acorde a sus necesidades, lo que desde nuestros deteriorados liceos se hace cuando un grupo de estudiantes no tiene profesor, es enviar un adscripto a que los acompañe (con el perjuicio de que, mientras lo hace, no puede atender situaciones conflictivas, monitorear las inasistencias, comunicarse telefónicamente con los padres, tener entrevistas, realizar comunicados, etc.). Si se trata de las últimas horas del turno, lo que se hace es permitir a los alumnos el regreso a sus hogares enviando un comunicado a ser firmado por los padres, en el que se informa el motivo de la salida más temprana. Si la vacante es conocida con antelación, se informa a los padres mediante mensaje escrito que tal día la hora de ingreso es más tarde de lo habitual. Y cuando los padres no autorizan ni los ingresos tardíos ni las salidas tempranas (por el motivo que sea), ningún liceo expulsa o cierra sus puertas a los estudiantes. A lo sumo, se produce una situación de honestidad en la que los padres saben que en ciertos horarios sus hijos estarán dentro del liceo pero sin clases. Hasta ahora, que nosotros sepamos, este mecanismo alentado por la precariedad presupuestal en que los gobiernos colocan a la educación, jamás ha provocado perjuicio adicional alguno.

Por lo expuesto, entendemos que DECIRLE A LOS PADRES QUE PUEDEN ESTAR TRANQUILOS DE QUE SUS HIJOS ESTARÁN DENTRO DEL LICEO TODOS LOS DÍAS LA TOTALIDAD DEL HORARIO, ES MENTIR. Sin suplentes, sin edificios adecuados y con un adscripto cada cuatro o más grupos, los padres no pueden tener tranquilidad por la permanencia de sus hijos en el liceo. ¿Quién se hará responsable de lo que le pudiese suceder a un estudiante mientras uno, dos o más grupos permanecen al mismo tiempo en el liceo sin un docente que pueda acompañarlos? Quien diseñó la medida y firmó la Circular, ¿asumirá la responsabilidad que corresponda en caso de que suceda un accidente como consecuencia de su arbitraria y unilateral resolución?

Pero la mentira es sólo una de las caras de esta “innovación”.

¿Qué sentido tiene que los estudiantes permanezcan en un liceo si no existe la posibilidad de interactuar con un docente en torno a un conjunto de conocimientos disciplinares? Entendemos que el sentido es bastante claro: LA PERMANENCIA “HACIENDO NADA” ES UN DISPOSITIVO MÁS PARA DESPLAZAR EL EJE COGNOSCITIVO QUE HISTÓRICAMENTE HA TENIDO LA ENSEÑANZA MEDIA EN NUESTRO PAÍS. ¿Para qué? Para ayudar al presidente de la república y su fuerza política a cumplir con su promesa electoral de reducir a cero los abandonos y repeticiones, subiendo al 100% los egresos.

Llegados a este punto, debemos preguntarnos: ¿pueden los “formatos abiertos” y la reclusión forzosa reducir abandonos y repeticiones, aumentando los egresos?

Pensamiento mágico

Los que comen poco y mal (ocultos bajo el rótulo de “emergencia alimenticia”). Los que duermen en el piso. Los que carecen de vivienda digna, agua potable, saneamiento y energía eléctrica. Los que no tienen material de lectura en sus casas ni ven gente leyendo y escribiendo a su alrededor. Los que cuidan a los hermanos menores, ayudan en las tareas domésticas y deben trabajar para contribuir al ingreso familiar. Esos, ¿van a asistir regularmente al liceo durante todo el año y alcanzarán la promoción si se les presentan “formatos abiertos” y se los obliga a permanecer en el centro todo el horario?

Consideremos algunas estadísticas que describen a ese segmento de jóvenes uruguayos que desvela a los políticos interesados en mejorar los indicadores sociales con que el capital transnacional los mide.

De las personas entre 14 y 17 años (214.000), el 13,4% son económicamente activos (muchos informalmente), mientras que de las personas entre 18 y 24 años (297.000) lo son el 68,1%. Esto significa que los alumnos que llegan al ciclo básico con rezago, y parte de los que cursan bachillerato (dos de cada tres de los que alcanzan la mayoría de edad), trabajan o buscan trabajo.

Las principales ocupaciones de los trabajadores adolescentes son: vendedor ambulante en puesto de feria o puesto callejero, vendedor en mostrador, niñera, peón ganadero, peón albañil, peón de carga y descarga, cortador de césped, cadete a pie, vendedor a domicilio, peón de huerta, peón avícola y labores domésticas en casa de familia.

Aproximadamente 416.919 jóvenes, equivalente al 53,7% de la población joven, realizan quehaceres en su hogar, entre los que se encuentra lavar platos, pisos y ropa; cocinar; y cuidar personas mayores o enfermas.

La exclusión y la pobreza en la que viven muchos adolescentes, especialmente las situaciones de calle, promueven que busquen la satisfacción de necesidades básicas fuera de la familia, las instituciones educativas u otras redes de sostén. Dichas situaciones los expone a diversos riesgos, entre ellos la explotación sexual comercial.

Más del 40% de los adolescentes de las áreas urbanas viven en hogares que enfrentaron alguna vez en los últimos meses algún grado de inseguridad alimentaria.

No parece que esté al alcance de las comunidades liceales evitar los abandonos asociados a estas realidades.

Hace unos meses respondimos con un artículo a los dichos de Netto y Filgueira que responsabilizaban a la huelga docente del alto porcentaje de abandonos liceales (http://adesmontevideo.uy/alienacion-o-deshonestidad-acerca-de-las-ultimas-declaraciones-de-fernando-filgueira-y-wilson-netto/). Allí considerábamos ya la ingenuidad de suponer que con más horas de “permanencia” se hubiesen quedado en el liceo los estudiantes que abandonaron:

“El axioma de que los problemas sociales pueden solucionarse con más horas de clases no resiste la menor contrastación con la realidad. ¿Más horas de clase mejoran la situación de pobreza, muchas veces extrema, de los estudiantes? ¿Más horas de clase proveen de viviendas decorosas a los alumnos que viven en ambientes muy precarios? ¿Más horas de clase corrigen el maltrato y la explotación? ¿Más horas de clase hacen que los padres y otros familiares con privación de libertad regresen a sus casas y se conviertan en sostenedores de sus procesos de vida?”

Este año, algunos queridos estudiantes que en 2015 debieron abandonar, volverán al liceo. Si sus vidas no han cambiado sustancialmente en relación al año pasado, será muy difícil que asistan hasta fin de año. Más difícil aún será que promuevan. Ni hablemos ya de que realicen un aprendizaje significativo de los conocimientos disciplinares en que los jóvenes del otro extremo socioeconómico se entrenan con alta exigencia. Porque los ministros y legisladores envían a sus hijos y nietos a costosos colegios privados no para que busquen significados en un diccionario o jueguen con las figuras del tetris, sino para que aprendan Matemática, Física, Química, Biología, Historia, Literatura, Música, Dibujo, Filosofía, deportes, idiomas, etc.

Los “formatos abiertos” y la permanencia obligatoria no sólo fracasarán en su intento por mejorar ciertos indicadores (indicadores que pueden incluso empeorar si los adscriptos son obligados a abandonar su tarea de seguimiento a los estudiantes con mayores dificultades, para convertirse en “retenes”): constituyen, a la vez, un mecanismo por el que los jóvenes que disponen de condiciones para aprender, aprenderán poco. Un verdadero desastre.

El sentido de la educación en disputa

Detengámonos en la discursividad oficial y oficialista con que se pretende justificar a los “formatos abiertos” y el “derecho a la permanencia”: aggiornarse, sacudir las ideas, operar cambios, llevar adelante prácticas innovadoras, ofrecer recorridos diferentes, diseñar nuevos formatos, explorar nuevos planes, hacer propuestas flexibles, no encapsular en dispositivos ajenos, poner en juego las capacidades, atender a las vivencias y necesidades, entender a los jóvenes, salir del lugar del padecimiento, creer en la fuerza de la construcción cooperativa, salir a trabajar con organizaciones del barrio, tener horas de atención fuera del aula, tratar de que todo el mundo esté contento, preocuparse por la parte afectiva, generar climas institucionales distendidos, buscar que la institución sea más disfrutable, armar redes, cuidarnos entre todos, estimular las ganas de estar, tener una atención constante, vivir la complejidad de la educación para todos, desarrollarse como seres plenos… JAMÁS SE REALIZA REFERENCIA ALGUNA A LOS CONOCIMIENTOS.

Desde la Agrupación Ferrer i Guardia, convocamos a todos los docentes del país a resistir esta ofensiva gubernamental que pretende pulverizar al liceo como institución enseñante.

Resistir desde el aula, no renunciando a nuestra condición de profesores de asignatura, y denunciando inmediatamente toda presión o sanción que recibamos por hacer uso de nuestra libertad de cátedra.

Resistir desde el sindicato, aportando nuestras ideas al trabajo de las comisiones y decidiendo los pasos a seguir en la Asamblea General (que, por cierto, debió convocarse antes del inicio de los cursos para acordar acciones que nos permitan defender nuestros derechos desde el primer día de clases).

Por más presupuesto para la educación pública

Por un salario base de $30.000 al ingreso a la función

Por la creación de cargos de adscriptos, bibliotecólogos y equipos multidisciplinarios

Por más y mejores edificios liceales

Por políticas educativas integrales

Adrián Mesa, Alicia Farías, Andrea Carreras, Arles Galli, Carina Benoit,

Caty Maldonado, Fernando Braida, Julia Núñez, Julio Moreira, Leticia Beguerie,

Líber Assanelli, Manuela Alfonzo, María Noel Graffigna, Natalia Moreira, Natalia Rial,

Pablo Siqueira, Rafael Fernández Pimienta, Sebastián Jordan, Soledad Cavada, Soraya Ghede

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