Al que le quepa el sayo. Por Rafael Fernández Pimienta

Existen  personas y situaciones que no deberían sorprendernos. Un patrón que busca su ventaja siempre a costa del obrero, unos mercenarios que a modo de judas entregan cualquier lucha, el combate inclaudicable de quienes están convencidos de que a los derechos no se renuncia.
Sin embargo, a cada instante, el asombro, la incredulidad.
Las autoridades que prometen más y mejor educación aplican la tijera desbocada, y a cada mordida del acero cae un edificio, se vacía una silla, desaparece un funcionario imprescindible, un trabajador se enferma, un alumno aprende menos o borra su nombre de la lista de asistencia. Por si fuera poco, los carguitos marean las ideas y hacen saltar el mostrador con habilidad olímpica.
Y allá andan los ex compañeros, expertos en amputaciones o en defensas de criminales de la mentira. Porque eso son, unos delincuentes que cometen el peor de los crímenes que puede cometer alguien, asesinar las esperanzas, matar el futuro a fuerza de hacer epidemia el descreimiento.
Y están los que simulan la cercanía, los que fingen las palabras y los brazos, los que se arriman a la lucha sólo para desarmarla, para ejecutar el crimen que planean los otros. Esos alcahuetes que llevan la traición en la mirada y en el bolsillo, esos que se vendieron, y nos vendieron, al peor postor.
Y están los que a pesar de todo siguen y caminan y buscan sumar gentes a las ideas y los mañanas. Los que aún pueden llamarse compañeros, porque jamás aprendieron el significado de la palabra traición, los que día a día, con acciones y con lenguaje, no renuncian al intento, de derrotar la explotación y la desesperanza.