Inclusión y retención no son problemas primordialmente educativos

Acerca del plan Tránsito

Como decía Freire, “la educación verdadera es reflexión y acción del hombre sobre el mundo para transformarlo”. Comencemos por esto último: la educación tiene en el mundo uno de los elementos bases del sustento de su concepción. Y si bien es cierto que, dependiendo de los lentes con que se mire, pueden hacerse muy diferentes lecturas acerca del mundo en que vivimos (afortunadamente no hay, en este sentido, una educación neutra), también es cierto que hay afirmaciones que no están sujetas a una razonable discusión. Por ejemplo: 100.000 personas están fuera del sistema de salud y 375.000 sufren graves problemas alimenticios.

En este sentido, las instituciones educativas no pueden ser islas que cierren sus puertas a la realidad. Por el contrario, están llamadas a recoger las vivencias y expectativas de sus actores. Eso sí: sin perder jamás su especificidad educativa. Las instituciones educativas han de ofrecer y problematizar informaciones, conocimientos y saberes que permitan a los estudiantes comprender, retomando el ejemplo, los problemas de alimentación y salud que atraviesa la sociedad y que ellos mismos afrontan. Pero para atender los problemas de salud existen los hospitales y para ofrecer un vaso de leche están los merenderos.

Los liceos cumplirán cabalmente con sus objetivos si de ellos egresan (en el momento que sea, con o sin título) ciudadanos capaces de imaginar estrategias para, siguiendo con el ejemplo, atenuar –y, por qué no, suprimir- los problemas de salud y alimentación de sus conciudadanos, y que al mismo tiempo se comprometan políticamente con mejorar y materializar esas ideas a lo largo de sus vidas (algo que las pruebas PISA jamás podrán medir). Pero ha de quedar claro que los liceos están para educar antes que para alimentar o servir de nexo con una policlínica.

Además de una lectura del mundo que no niegue lo innegable, ninguna acción educativa está exenta de un concepto de hombre. Y si bien existen múltiples paradigmas pedagógicos, todas ellas se aproximan en mayor o menor medida a alguno de los siguientes extremos: el hombre es un ser que debe adaptarse al mundo en el que vive, o el hombre es un ser que se realiza como tal transformando el mundo. En el primer caso, la acción educativa será una mera domesticación, servil a los intereses de los sectores dominantes. En el segundo caso, la acción educativa será liberadora y habilitará la lucha de los excluidos por la igualdad social.

Compartimos con Freire la idea de que la educación ha de ser un arma para la liberación de los oprimidos, asumiendo una connotación ideológica y política comprometida con la concientización de las causas profundas del atraso y la pobreza. De allí la imperiosa necesidad de una educación dialógica, que suponga un constante intercambio de experiencias entre educadores y educandos.

En una sociedad en la que no se atacan las desigualdades económicas por las que 100.000 personas no tienen cobertura de salud y 375.000 pasan hambre, si un plan convierte a los liceos en merenderos en los que se detectan los problemas de salud bucal de los jóvenes de los quintiles más pobres, relegando en el camino lo estrictamente educativo (mucha recreación, mucho campamento, muy poquitas instancias de educación formal), entonces todo indica que se está en el camino de la domesticación.

Si lo importante es que los gurises pobres se sientan cómodos en el liceo (inclusión) y no tengan ganas de irse (retención) aunque no se les ofrezcan herramientas capaces de transformarlos en sujetos críticos y políticamente comprometidos (aprendizajes), entonces se está en el camino de la domesticación.

Si durante veinte días se da a un grupo de jóvenes un trato relativamente personalizado y luego se lo deposita junto a otros 35 en un salón que se llueve, con un adscripto cada 150 estudiantes y un psicólogo con 20 horas semanales para los 1.000 estudiantes de la institución, entonces se está en el camino de la domesticación.

Si las instituciones educativas se orientan cada vez más a desarrollar acciones caritativas con los jóvenes de las familias más pobres del barrio, las cuales reciben además otros beneficios clientelistas del partido que gobierna (especialmente en un año electoral), entonces se está en el camino de la domesticación.

Las políticas educativas focalizadas pueden ser una necesidad temporal a los efectos de abordar de la mejor manera ciertas problemáticas sociales, pero, además de consensuadas con los docentes, deben ir acompañadas de un conjunto de políticas no educativas que habiliten dignas condiciones de vida (trabajo, vivienda, etc., etc.). La confluencia de todas esas acciones genera el marco en el cual es posible una formación integral, verdaderamente liberadora. Si tal confluencia no existe, se está en el camino de la domesticación

 

Julio Moreira