La huelga docente de Secundaria de 2015

Escribo este articulito en la certeza de que causará desagrado a unos cuantos colegas. No es esa mi intención, tanto no lo es que he venido aplazando el ponerme a teclear esto que pienso, en espera de un momento más propicio que, lo voy viendo, no llegará. Así que, para no otorgar callando, procedo a escribir.

La necesidad de un gran conflicto

Poco me he involucrado en las cosas de nuestro Sindicato desde marzo de 2011. Cuestiones de salud primero y la atención de tareas postergadas por años después, han hecho que mi involucramiento con ADES-Montevideo y FENAPES ya no fuese el mismo de otros tiempos. Mas no he perdido por ello el diálogo con compañeros de las variadas tendencias de opinión que se expresan en la interna sindical. Y todos concuerdan en que se necesario un fuerte conflicto en 2015, año en que se decide un nuevo Presupuesto quinquenal. Yo también estoy de acuerdo, pero…

”Conflicto intenso” (y con probabilidades de victoria)…¿ equivale a huelga?

En la cabeza de casi todos los compañeros con los que hablo, sí. En la mía, no. Es decir, que con la huelga la intensidad del conflicto – y también cierta extensión – es cosa asegurada, pero mucho me temo que la medida de huelga contribuiría a la derrota. Antes de dar mis razones para afirmar lo que acabo de escribir, creo preciso explorar un poco los escenarios posibles.

Los dos escenarios (que para lo importante dan lo mismo)

Si el año que viene se ha de discutir un Presupuesto es porque en el que corre elegimos Presidente y Parlamento. A estar por las encuestas, puede ocurrir que la presidencia recaiga en el Dr. Luis Alberto Lacalle Pou o en el Dr. Tabaré Vázquez, con o sin mayoría parlamentaria propia.

Es relativamente público cuál de las dos opciones apoyaré, y no es del caso abundar en esas cuestiones partidarias en un boletín sindical. Con todas las diferencias que pueda haber entre los eventuales próximos gobiernos, tienen en común el sostener políticas que han recibido el rechazo de los sindicatos docentes y las ATDs. Creo que esto deviene, en buena medida, de que los tiempos quinquenales de la política electoral impiden que cuajen políticas educativas acordes con los tiempos y los ritmos educativos: si alguien se propone “arreglar” en cinco años – para que lo voten – problemas que superan con mucho esos plazos, pues no arreglará sino que empeorará, pues lo que propone no puede ser solución. Conste que admito que la opción que he de apoyar también renguea de ese pie.

Mis razones para dudar (dela eficacia de una huelga)

La primera tiene que ver con el párrafo anterior: no quisiera que le diésemos al próximo gobierno, que a menos que las cosas cambien mucho llevará una política educativa destinada a fallar desde el arranque, ni más ni menos que un culpable para su fracaso en la gestión. En el discurso del estamento político tenemos puesto el cartel de culpables, pues se afirma que nuestros paros son, en buena medida, lo que evita que la educación pública salga adelante. Me pregunto: ¿y si los dejáramos sin culpable?

En segundo lugar, está el problema de la especificidad de nuestra profesión y vocación. Queremos desde el alma enseñar y que los muchachos aprendan. Y si bien es cierto eso de que “el docente luchando/también está enseñando”, no es menos cierto que si se lucha con muchos días de huelga se resiente el enseñar en concreto de la asignatura que imparta cada uno de nosotros. Además, no es como en una fábrica de cualquier cosa, que si uno lo quiere apretar al patrón espera y le hace paro cuando él, pongamos por caso, tiene una exportación para sacar, y entonces se ablanda para conceder viejos y justos reclamos. En nuestro caso no es así: el gobierno nos da piola, cuando no soportamos más la huelga la levantamos, ahorrando al erario los dineros que no van a nuestros bolsillos y otorgándoles a las autoridades un culpable que las excuse ante el pueblo de su ineptitud, como ya he escrito.

En tercer lugar están las finanzas del docente promedio y de su Sindicato. Sea por consumismo, por penuria de recursos y abundancia de necesidades, o por una mezcla de ambos, no somos pocos los docentes que, en cuotas, estamos endeudados en cinco o seis sueldos. Eso hace muy difícil soportar fuertes descuentos en el salario, máxime si no hay una caja sindical poderosa que pueda paliarlos. Nótese que esto es, en parte, una cuestión de hacer cuentas: si lo que obtengo de aumento no compensa en pocos meses lo que invertí en paros, la huelga por salario puede considerarse, en buena medida, una derrota.

En cuarto lugar – y al menos coyunturalmente – está el problema de la adhesión o acatamiento. En Secundaria y en Montevideo, alrededor de 5/8 del profesorado no está afiliado a su Sindicato. Si a esto se le suma que hay cientos de afiliados que no cumplen los paros, se concluye que es improbable que una mayoría docente lleve adelante una huelga.

A propósito de lo anterior

No puedo dejar de escribir sobre este problema. Me refiero al de los afiliados que no sienten que deban o puedan cumplir con los paros que resuelve el Sindicato (y aclaro que si me viera alguna vez en tal situación – cosa que no es imposible – me desafiliaría). Mi idea de cómo debe solucionarse es adoptar un ritmo de uso de la medida de paro más acorde con el sentir de la masa sindical y gremial. Podría también – y conste que no apoyo esta “solución” – desafiliarse a cientos de compañeros, aunque se requieren para ello cinco votos conformes en la Directiva. Y no se objete que no se puede saber quiénes hacen una huelga y quiénes no: si no merma su cotización sindical en los meses de huelga, es que no la cumplieron. Acaso estuviese alguno de ellos de licencia médica en ese período, pero es cosa que puede averiguarse con facilidad. Lo único que me parece inconveniente es dejar el problema así, sin asumirlo ni intentar resolverlo.

Y si no es huelga…¿qué hacemos?

Pues dejarlos en ridículo por ineptos, irresponsables y, cuando corresponda, por mentirosos, de modo tal que el costo político por una mala gestión lo paguen ellos, y no os trabajadores de la educación sindicalizados. Esto implica que en nuestras medidas de lucha que emprendamos, los factores claves, más que el tiempo de interrupción de la tarea, sean la cantidad de docentes participando, la cantidad de trabajadores de otros sectores y ciudadanos en general apoyando y, principalísimamente, la claridad con la que demostremos que nuestro reclamo es justo y necesario para una mejor educación de nuestros estudiantes, así como también que las propuestas de política educativa que presentemos sean sólidas (y que los argumentos con que objetemos, por perjudiciales, las políticas educativas de gobierno, sean claros, precisos y contundentes).

Temo que no serán muchos los militantes (de ninguna de las corrientes que se expresan en ADES – Montevideo) que estén de acuerdo con lo que acabo de escribir. Pero en tanto lo escribo desde mis principios, me siento bien al elevarlo para que se publique.

Juan de Marsilio