Esa anormalidad llamada lucha

ser profesor

 

“Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,

Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan

Y nos construyen…”

“Felices los normales”-Roberto Fernández Retamar

 

En ocasiones nos dejamos vencer antes de luchar. Nos hemos acostumbrado, nos han acostumbrado, a que las carencias son normales. Entonces, en el carrusel diario, ya no nos molesta, por rutina, la mugre, las roturas, las humedades, la ausencia de las condiciones mínimas que deben acompañar el estudio y el trabajo digno. Nos parece lo más normal del mundo hacer colectas para comprar papel higiénico, transitar por  espacios riesgosos, aceptar dar clases hasta debajo de un árbol. Algunos han intentado, y lo han logrado en gran cantidad de compañeros, internalizarnos el discurso de la pérdida. Con los paros pierden los botijas, ampliamos la brecha, contribuimos con las desigualdades. Un día de paro es un día de clase perdido. Entonces los estudiantes que asisten a una institución pública se alejan de sus pares que concurren a colegios privados. Nosotros los docentes, favorecemos así las inequidades. Una amnesia endémica nos invade. Olvidamos cómo se han logrado a lo largo de la historia las conquistas sociales. “Condenamos a la hoguera los archivos” de la clase trabajadora. Evadimos, consciente o inconscientemente nuestra responsabilidad más amplia como docentes, que no se corresponde con planes y programas, sino como educadores que deben contagiar una ética de la duda, de la crítica, de la creatividad y del cambio. Olvidan, olvidamos, que la normalidad es el estado del conformismo, de la derrota. En la normalidad se basa el quietismo, la explotación, las desigualdades. En el dejá, que le vas a hacer, si siempre fue igual, en el qué podemos hacer, en el otro descuento más, en el siempre perdemos nosotros, en todo esto está el verdadero germen del fracaso. Con este tipo de posturas contribuimos a ampliar la brecha, enseñando con nuestros actos, o peor, con la falta de ellos, que la lucha no vale la pena, que la derrota siempre está a la vuelta de la esquina, que todo está bien aunque todo esté mal. Afortunadamente siguen habiendo casos que demuestran lo contrario, que la lucha obtiene resultados.

Un caso reciente

En el mes de abril, los compañeros del liceo 38, reunidos en asamblea de núcleo decidimos elevar una carta a la dirección del liceo, a la división de infraestructura del CES y a los señores consejeros. En dicha carta, que se adjunta a continuación, describíamos una serie de carencia que afectaban el buen funcionamiento de la institución y las condiciones de estudio y de trabajo. Solicitábamos, además, una rápida respuesta a estos problemas que se venían arrastrando desde hace mucho tiempo. La carta, fechada el 6 de abril, fue producto, como ya mencioné, de una reunión de núcleo. Los compañeros del liceo decidimos a comienzo de año realizar el primer sábado de cada mes una reunión de este tipo, con el objetivo de mantenernos en un ejercicio constante de cuidado de nuestras condiciones laborales.

En la coordinación general informamos a la directora de la institución de esta carta, quien nos fue respondiendo punto por punto en qué estaba cada uno. Las soluciones parecían estar muy cerca, como siempre, pero aún en el terreno inexplorado del “veremos”.

Tan solo unos días después sufrimos un episodio que demostró que nuestros reclamos eran urgentes y que la lucha, de los compañeros unidos, da sus frutos. El jueves 11 de abril, luego de una lluvia torrencial, la escalera que comunica el primer piso con el segundo y parte de los pasillos de la planta más alta del edificio se vieron inundados debido a la rotura de la claraboya, rotura que fue denunciada en la carta ya mencionada. Los profesores, en reunión de núcleo urgente, decidimos parar las actividades ante el riesgo que representaba tal situación. Se elaboró una nueva carta que se elevó nuevamente a los señores consejeros. Mágicamente las soluciones fueron inmediatas. La inspectora de institutos y liceos de la zona concurrió rápidamente. Con casi la misma velocidad aparecieron en los días siguientes arquitectos, vidrieros, herreros, rejas, cantina, etc.

En resumen, situaciones como esta deberían recordarnos, que la lucha unida, organizada, redunda en logros que no son simples caprichos, que esos logros también enseñan. De la lucha aprendemos todos, docentes y estudiantes. Aprendemos a combatir, las normalidades de la desigualdad y del desgano.

Rafael Fernández Pimienta

Junio de 2013