Los sospechosos de siempre

En este año ha habido un número sorprendentemente alto de agresiones a docentes. En algunos casos los agresores han sido procesados por la Justicia. El hecho ha sido muy comentado en los medios y entre los docentes. Parecería que a muchos les interesa más definir a quien echarle la culpa que intentar entender lo que está pasando. ¿Responsabilizamos a la sociedad en general y en particular a los padres? ¿Al sistema político en general y en particular al gobierno? ¿A la educación (o a la falta de ella) en general y en particular a los educadores? Aunque es común buscar un solo culpable hay que recordar que difícilmente los fenómenos sociales sean monocausales. Si buscamos un solo responsable es porque tenemos un interés especial en recargar las tintas sobre el mismo. Y en año electoral todos somos especialmente sensibles en cuanto a esto. En una de las historietas de Mafalda ésta se encontraba en un día caluroso sentada en la vereda con Gille, su pequeño hermanito, y un amigo. Frente a la pregunta de Guille de si el calor también era culpa del gobierno, Mafalda le comenta a su amigo “pobre, aún no sabe atribuir bien las culpas”. Si el que confunde la culpa es un niño nos da gracia, si lo hace un adulto nos debería preocupar.

Pero aun si lográramos definir las causas y determinar el peso de cada una quedaría por responder la pregunta de por qué este brote de violencia se da justo ahora y de forma tan reiterada. ¿Se debe a una especie de efecto contagio? ¿A una colectivización de la pérdida de paciencia?

El editorial del último boletín de ADES (junio-setiembre de 2014) no se plantea estas interrogantes. Su posición es clara y no deja lugar a dudas:

A simple vista podríamos afirmar que esto se debe a un aumento de la violencia en la sociedad en general y que la escuela, inmersa en ese entorno social, no escapa a tales efectos. Sin embargo, deteniéndonos un poco más, sin desconocer lo anterior, la agresión a los docentes es un fenómeno que pone de manifiesto otro problema no menor: la falta de reconocimiento social de su labor y el desprestigio al que han sido sometidos por los gobiernos de turno y sus colaboradores de prensa”.

Si bien reconoce la importancia del contexto social, la responsabilidad principal es atribuida al gobierno y a su campaña de desprestigio hacia los docentes. Si esto es así, queda sin responder a la segunda cuestión, de por qué el fenómeno se ha vuelto endémico. Tal vez se trate de mera coincidencia. No puede atribuirse intencionalidad a un acto que parece ser tan irracional.

Uno podría suponer que la violencia (verbal y física) es algo natural para los agresores (o mejor dicho agresoras ya que en general se trata de madres). ¿Habrán sido víctimas de violencia doméstica? ¿Cómo tratan a sus hijos? Los agredidos han sido también en su mayoría mujeres, y no sólo porque son mayoría entre los educadores, sino porque aún son las principales víctimas de la violencia.

No es mi intención exonerar al gobierno de su responsabilidad. Pero creo que si lo criticamos sin fundamento no hacemos otra cosa que deslegitimar el cuestionamiento. Al ser consultadas las personas agresoras de las razones que las llevaron a pegarle a un docente responden que reaccionaron ante algo que el docente dijo o hizo. Es probable que así es como están acostumbrados a resolver los conflictos. No importa que el que esté adelante sea un docente, un niño o un adulto mayor.

Decir que la gente destrata a los docentes porque ha sido influida por el gobierno es subestimar su inteligencia y sobrestimar la capacidad de “lavar el cerebro” del gobierno. Si éste fuera tan buen comunicador y tuviera tantos “colaboradores de presa” las encuestas recientes deberían haberle dado resultados más favorables. El argumento de que como el gobierno destrata a los docentes la sociedad va a hacer lo mismo es una forma ingenua, y equivocada, de explicar un fenómeno mucho más complejo.

Concuerdo en que el gobierno no hace todo lo necesario para revertir la situación. Los comentarios generalizadores del presidente no ayudan en absoluto. Lamentablemente no lo hace solo con los docentes (como cuando dijo que a los uruguayos no nos gusta trabajar mucho). Es necesario que haya mensajes más positivos por parte del sistema político hacia la educación. Pero con eso no alcanza.

En los centros educativos todos los días surgen conflictos, muchas veces originados fuera de los mismos. Lo urgente en ocasiones nos quita tiempo para pensar y ejecutar acciones proactivas, de forma de anticiparse a que los problemas estallen en forma violenta. Hay experiencias positivas en diversos lugares que habría que intentar generalizar. El tema tendría que ser un eje para trabajar con los alumnos y sus familias, aportando mecanismos para mejorar la convivencia cotidiana previendo la aparición de conflictos y que cuando estas aparezcan se busquen resolver sin imposiciones. Empezando por intentar ponerse en el lugar del otro, para entenderlo y no para atribuirle siempre intenciones negativas. ¿Cuántos docentes son ejemplo de esta conducta? Además de exigir al gobierno, ¿qué estamos haciendo nosotros? ¿Será suficiente?

Se que son preguntas que tal vez no sean de interés para algunos militantes políticos pero si deberían serlo para los profesionales de la educación. O eso quiero creer.

En la misma editorial se convoca a apoyar a “quienes solidariamente firmaron en apoyo a los siete compañeros procesados por manifestarse en la sede de la Suprema Corte de Justicia ante el traslado de la jueza Motta”. Me sumo a ese apoyo. Nadie debería ser perseguido por hacer uso del derecho a expresarse. Pero no menos cierto es que esos compañeros se equivocaron. Nos guste o no nos guste lo que resuelva, la Justicia debe ser independiente y por eso no debe sufrir presiones, ni desde el gobierno ni desde la sociedad. Muchos años de dictadura sin una Justicia independiente nos debería haber enseñado eso. Y es lo que creo que debemos enseñar a nuestros estudiantes sobre como intentar resolver un conflicto en un sistema democrático. Que el fin no justifica los medios.

Federico Lanza

Liceo Nº 19 Nocturno