No debería

asamblea 3

Antes de entrar en materia, corresponden dos aclaraciones:

1) Todo lo que expondré debe leerse como precedido por un gran “a mí me parece”. Un “me parece” muy
meditado, ciertamente, pero falible como el de cualquier hijo del vecino. Un “me parece” que reclama
confrontarse con las opiniones de los demás compañeros, para complementarse y perfeccionarse – incluso
por el camino de la retractación – en lo colectivo.

2) Escribo teniendo fresca la impresión – muy penosa – de la asamblea que ratificó la desafiliación de la
Prof. Estela Alem (no uso la palabra compañera nada más porque me lo veda una resolución de Asamblea).
Sé que cuando este texto aparezca en algún boletín de ADES – Montevideo habremos tenido ya
otra Asamblea General, de la que espero – con esperanza tan terca como cascoteada – salir un poco
menos triste.

Y ahora, a lo mío.

Un sindicato no debería no preocuparse por el hecho de que hace más de una década su masa social está estancada alrededor de los tres octavos de la porción de trabajadores – para el caso: los docentes de Secundaria de Montevideo – a la que le toca representar.

Un sindicato no debería resolver – salvo por imperativo ético – medidas que sabe que buena parte de la masa laboral no cumplirá (pongo por ejemplo los paros de diciembre vinculados a las ocupaciones de los locales de elección de horas).

Un sindicato no debería prohibir demasiada cosa, y menos si se sabe que un crecido número de afiliados desacatará las prohibiciones (pongo por ejemplo lo de no integrar consejos de participación liceales: si se buscara en los liceos de Montevideo, se descubriría que buena parte de los representantes docentes son afiliados a ADES).

Un sindicato no debería sancionar selectivamente las transgresiones de lo resuelto o prohibido, según la visibilidad del transgresor. Primero, porque se entraría en situaciones de desigualdad que no olerían a justicia. Segundo, porque se daría la imagen, acaso cierta, de entrar en una lógica de castigos ejemplares que, además de no oler a justicia, tampoco sería eficaz. Tercero, porque uno sospecha
que buena parte de los militantes optarían por no enterarse de buena parte de los incumplimientos. Cuarto, porque si se hiciera pesquisa sistemática, milimétrica y microscópica de vida y obra de los afiliados, se entraría en un clima inquisitorial que, además de
repugnar a mi talante plácido, no se compadecería con las intenciones liberadoras y dignificadoras que deben orientar la acción sindical.

Un sindicato no debería sancionar sin prueba explícita ni garantías de debido proceso a ninguno de sus afiliados.

Un sindicato no debería – por lícito que sea en términos estatutarios – tomar decisiones cruciales para los trabajadores del sector en asambleas que, cuando son excepcionalmente numerosas, andan por el 8 o 9% de los afiliados. Y menos aún debería hacerlo sistemáticamente.

Un sindicato no debería andar convocando asambleas cada dos por tres, porque lejos de jerarquizar ese organismo máximo, dándole a sus resoluciones el valor de grandes orientaciones políticas para la acción por plazo razonable – tres o cuatro meses mínimo, salvo que cambios inesperados impusieran convocatorias urgentes –, lo que se origina es una dinámica de “hoy ganaste la asamblea tú, pero ya la próxima te romperé yo el …plan táctico.”.

Un sindicato, si es filial de una federación, no debería estar en casi constante contradicción de las líneas resueltas en ámbitos federales sin ponerse a considerar con humildad la posibilidad de estar errándole al biscochazo o la de salirse de la federación que integra, a luchar en ardua pero digna intemperie.

Un sindicato no debería resolver cosas que se sabe que no habrán de cumplirse, porque no habrá militantes que las cumplan, sea por carencia lisa y llana de brazos o por falta de voluntad política de llevar adelante lo que propuso otro y uno no votó.

Un sindicato no debería fustigar a sus dirigentes y/o representantes por firmar tal o cual preacuerdo, porque en ese prefijo pre reside la potestad de los representados de no validar el resultado de las negociaciones, en las que el rol del negociador es tironear mientras vea que puede y obtener el mejor borrador de acuerdo posible – y a veces se puede poco en esta vida – sobre el que luego los organismos sindicales pertinentes se expedirán.

Acaso a algunos compañeros esta lista de “no deberes” les resulte escasa. Tiendo a creer que lo que no se incluya explícitamente en este anti decálogo debe ser una derivación más o menos directa de los puntos que sí se incluye, pero puedo equivocarme. Seguramente, a otros muchos les resulte excesiva o incluso errada. Son dueños de su parecer, que respeto, pues también podrían tener razón – o por lo menos sus razones –. Espero ansioso el intercambio.

Juan de Marsilio

Marzo de 2012