Palabras de Miguel Soler Roca en el 70º aniversario de las Misiones Socio Pedagógicas en Uruguay

 

Las misiones socio pedagógicas: las de ayer, las de hoy, las de mañana

El Consejo de Educación Inicial y Primaria de Uruguay organizó en 2014-2015 un Curso de Formación para Maestros Comunitarios. Con la presencia de autoridades y más de 400 docentes de esa especialidad, dicho Curso fue clausurado el 17 de octubre de 2015. Hubo luego la presentación de ponencias teóricas y experiencias sobre el terreno en escuelas primarias de Argentina y Uruguay sobre el tema Movimientos y alteraciones de la forma escolar. La ceremonia finalizó con la Conmemoración del 70º aniversario de la iniciación de las Misiones Socio Pedagógicas en Uruguay, que contó con las intervenciones de las autoridades de la Educación Nacional y que fue clausurada por el Maestro Miguel Soler Roca, en su calidad de ex misionero, con las palabras que se transcriben en esta publicación. Todas estas actividades tuvieron lugar en Montevideo, en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, en el marco del programa A 30 AÑOS, MÁS DEMOCRACIA, auspiciado por la Presidencia de la Cámara de Representantes y la Presidencia del Senado.

Montevideo, octubre de 2015

LAS MISIONES SOCIO PEDAGÓGICAS: LAS DE AYER, LAS DE HOY, LAS DE MAÑANA

“Todo lo que en el mundo se ha logrado a nivel espiritual ha sido

factible  gracias a que se lanzaron ideales y esperanzas que ex-

cedían en mucho de las posibilidades del momento”.  H.  Hesse.

Distinguidas autoridades,

Compañeras Maestras,

Compañeros Maestros.

Ante todo, agradezco las múltiples manifestaciones de estima con que ustedes me han acogido.

Deseo felicitar muy fraternalmente a los docentes que hoy finalizan el Curso de Formación para Maestros Comunitarios, así como a los responsables de que el mismo haya llegado a su clausura en este augusto recinto que es nuestro Palacio Legislativo.

Igualmente me siento feliz por todo lo que he escuchado y aprendido esta mañana.

Se me han pedido unas palabras con motivo del septuagésimo aniversario de la primera misión socio pedagógica en Uruguay y las he organizado aludiendo a las misiones de ayer, a las de hoy y a las de mañana.

Misiones de ayer

Es justo mencionar dos antecedentes: el primero es el de México, en plena Revolución. El Ministro de Educación José Vasconcelos creó en 1921 la figura del maestro misionero, de los que en poco tiempo hubo 1.500 que llevaban a los poblados más retrasados respuestas educativas a los problemas característicos de la pobreza, para instalar, tras varios meses de labor, una z escuela rural a la que Vasconcelos llamaba Casa del Pueblo.  Y en 1923, los maestros misioneros fueron agrupados en equipos polivalentes, a los que se llamó misiones culturales. Hasta hoy las continúa habiendo, con modalidades muy variadas, siempre de composición y programa adecuados a las nece-sidades del medio, siempre fortaleciendo la escuela si existía o dejándola instalada si no la había.

Viví ocho años en México, conocí misiones y misioneros, aprendiendo de ellos los fundamentos y métodos de otro modo de educar al pueblo. Hoy no puedo dejar de denunciar y condenar la desaparición y probable asesinato en setiem-bre de 2014 de 43 estudiantes de la escuela normal rural de Ayotzinapa. Por definición, en México un maestro rural es un maestro misionero y comunitario.

El segundo antecedente a mencionar es el de las misiones pedagógicas de España, pero no de cualquier España, sino de la República Española surgida de las urnas en 1931 y reemplazada por la dictadura franquista en 1939 tras la cruenta guerra civil. Apenas constituida la República, se creó el Patronato de Misiones Pedagógicas, en el que colaboraron personalidades de la cultura como Antonio Machado, Miguel Hernández, Rafael Alberti. Sus actividades fueron la difusión en los rincones más apartados de manifestaciones culturales (danza, coros, música, poesía, teatro, cine, títeres) y la creación de bibliotecas comunales, objetivos que se cumplieron en alrededor de siete mil poblaciones.

Tras la guerra civil, la diáspora que se produjo trajo a Montevideo a María Luisa Navarro de Luzuriaga, quien dictó en nuestros Institutos Normales una conferencia sobre su experiencia como misionera española. En los programas de formación de los futuros maestros ingresó el tema misiones pedagógicas. Y algún tiempo después, Uruguay organizó su primera misión, a la que se llamó socio pedagógica.

Fue esa misión un hito en la historia de la escuela uruguaya, un vuelco en la formación de los maestros, la reiteración de la denuncia de la existencia de los llamados pueblos de ratas, estimados en 1943 en 587, con 118.500 habitantes. Un grupo de estudiantes normalistas y un estudiante de medicina se trasla-daron a Caraguatá, en Tacuarembó, donde conocieron la más severa de las miserias nacionales. Dejaron a niños y adultos el recuerdo de una semana diferente, con abundante comida, ropas que taparan los harapos, horas de esparcimiento gracias a los cantos, las danzas, el teatro.

María Orticochea designó a un maestro como acompañante de la misión. Se llamaba Julio Castro. No repetiré ante ustedes su retrato profesional. Hasta diciembre de 2011 nos preguntábamos ¿Dónde está Julio Castro? Aparecidos sus restos y confirmada su muerte bajo responsabilidad del terrorismo de estado, que lo había secuestrado en agosto de 1977, no narro ya más su biografía. Me parece más útil clamar por el conocimiento de la Verdad, hasta que todos podamos saber los nombres de quienes se escudan en un alevoso silencio para trabar la acción de la Justicia. Verdad y Justicia reclamo para el maestro misionero. Y para quienes quieran conocer qué pensaba Julio Castro de nuestras misiones, recomiendo la obra Palabras de Julio, selección de textos, publicado en 2013 por el Ministerio de Educación y Cultura.

Tuvimos luego muchas misiones socio pedagógicas, 29 hasta 1971, ninguna durante la dictadura, muy pocas en la postdictadura, hasta que en 2009, gracias al estímulo de la antropóloga española María García, hubo en los Insti- tutos Normales de Montevideo un encuentro nacional de ex misioneros, más adelante una espléndida exposición que circuló por varias zonas del país, para culminar en el proyecto de recopilar todo tipo de documentos, de modo que un equipo de ex misioneros voluntarios preparara la publicación por el Consejo de Formación en Educación de la ANEP del magnífico libro Misiones Socio Peda-gógicas de Uruguay (1945-1971), inventario completísimo de cuanto entre esos años se hizo en nuestro país a cargo de los estudiantes de magisterio.

Es preciso agregar que en esa misma época la Universidad de la República contó también con un Centro de Misiones Socio Pedagógicas. Ello permitió una labor misionera de carácter fijo en la zona de Pintos, departamento de Flores, dando lugar al ensayo de métodos para incentivar un desarrollo local inte-grado.

Yo también fui maestro misionero. María Orticochea me propuso como maestro acompañante del equipo estudiantil que en el invierno de 1946 realizó la terce- ra de las misiones, en Arroyo de Oro, departamento de Treinta y Tres. Al regre- sar a Montevideo, rendimos cuentas de nuestros trabajos y conclusiones en un acto público. Yo leí un documento en forma de juicio crítico sobre la misión en el que, tras elogiar la labor abnegada de los jóvenes estudiantes, exponía mis dudas sobre los resultados de la acción misionera, notoriamente insuficiente por su brevedad y por la finalidad asistencial de una buena parte de sus actividades.

Los futuros educadores, ocasionales misioneros, regresaban con la visión conmovedora de las condiciones de vida que agobiaban a una parte mayori-taria del campesinado uruguayo, dejando en las poblaciones misionadas, más entre las mujeres que entre los varones, el recuerdo de unos días diferentes y la semilla portadora de algún incipiente cambio. Pero por múltiples razones, aquella misión como muchas de las que la sucedieron, no estaban llamadas a realizar los cambios estructurales que las circunstancias exigían, sino apenas a denunciar y fundamentar su necesidad.

De modo que, para mí, los mejores frutos de las misiones de ayer  los recogimos nosotros, los misioneros.

Las misiones de hoy

Setenta años después la realidad es otra. El nivel de vida ha mejorado, la pobreza principalmente en estos últimos años ha disminuido, de muchos rancheríos quedan apenas taperas, las tecnologías están venciendo la soledad, el analfabetismo dejó de ser un problema, en resumen, la calidad de vida en general ha mejorado, como han igualmente mejorado los recursos con que hoy cuenta la educación.

Pero el balance no resulta serio si no se agrega lo que todos sabemos: que Uruguay está todavía lejos de cumplir los objetivos comprometidos en su legislación nacional y en su adhesión a las abundantes normativas inter-nacionales ratificadas por ley. No daré cifras pero sí afirmaré, sin pretender ser exhaustivo y sin silenciar mi angustia, que  enfrentamos graves problemas en aspectos como los siguientes: la tasa inadmisible de pobreza infantil, la condi- ción marginal en que se mantiene una parte de nuestra población, en particular la suburbana, con graves carencias por lo que hace a la vivienda, la distri- bución de la riqueza, las formas de propiedad y uso de nuestras tierras, la explotación imprudente de los recursos naturales, el estancamiento demográ-fico, las resistencias que suscita la adopción de una cultura de paz y de desarme, la condición primitiva de nuestro ordenamiento territorial, los elevados porcentajes de subescolarización, el subfinanciamiento del Sistema de Educa-ción Pública, las múltiples manifestaciones de violencia en nuestros modos de convivir, en especial las que afectan los derechos de la mujer, nuestra inca- pacidad de aplicar modelos integrados de rehabilitación de los menores hoy a cargo del Estado, el lugar que ocupan en nuestra sociedad el juego, el alcohol, las drogas, la lamentable calidad de la mayor parte de los mensajes que recibimos de los medios de comunicación. En fin, y lo menciono al final para destacarlo, enfrentamos problemas en cuanto a las graves frustraciones en el ámbito de la Justicia, en especial por su prolongado desencuentro con la inter-pretación que hacemos desde múltiples sectores de la sociedad de las normas relativas a los Derechos Humanos.

Estas y otras situaciones problemáticas no son uruguayas en exclusividad. Mu-chas de ellas resultan del sistema global imperante, de procesos planetarios que afectan los derechos y el bienestar humano tanto en el Norte como en el Sur.

Con todo esto tiene que ver la educación, con los problemas de la comunidad, del país y del mundo y con lo que podamos hacer por superarlos. Y en parti-cular tienen que ver los jóvenes, a los que creemos y queremos portadores de una visión sensible, crítica, responsable y creativa de la sociedad.

Para acotar el enfoque, pienso en los 22.000 estudiantes que hoy se preparan para ejercer la docencia preuniversitaria del futuro. Su formación ha de incluir su comprensión de la problemática social, su sensibilización ante sus manifes-taciones más amenazantes y una capacitación teórico práctica, que los lleve a actuar, en lo escolar y en lo extraescolar, en su vida personal y en su trabajo profesional, como agentes de cambio. Advierto que nuestras expectativas sobre este enfoque han de ser modestas. No creo que los educadores deba-mos aceptar la función de rescate global que con frecuencia se nos asigna. Digo simplemente que entre los agentes de cambio social debemos contar con la educación, con sus autoridades, sus docentes, sus estudiantes.

De modo que hoy, llamémosles como queramos, hay misiones a cumplir, no necesariamente como las de hace setenta años, sino como modalidades educativas que recojan el aliento de aquella etapa.

Y dejo a quienes quieran debatirlos algunos interrogantes:

  • ¿Qué perfil debemos definir para el docente de hoy y qué tenemos que modificar en su formación?
  • ¿Podemos imaginar formas de intervención de los 22.000 futuros docentes que les den oportunidades reales de conocer, por ejemplo, las graves carencias de los asentamientos urbanos y periurbanos de hoy?
  • ¿Cómo concebir y organizar la labor de proyección social de los estudiantes de manera de integrar las tres funciones del nivel universitario que se desea dar a su formación, o sea la enseñanza, la investigación y la extensión?
  • ¿Nos es posible acelerar la creación de la Universidad Nacional de Educación, superando el bloqueo en que hoy se encuentra?
  • ¿Podríamos profundizar y sistematizar los interesantes programas hoy existentes y otros tendientes a ensamblar la enseñanza con el trabajo, especialmente en las zonas rurales generalizando modelos que ya se han mostrado eficaces?
  • ¿Cómo convenir la articulación entre esta acción llamémosle misionera de los estudiantes y la que realizan otras entidades públicas tales como:
  • El MIDES
  • El INAU
  • El Programa de Maestros Comunitarios
  • El Pro Rectorado de Extensión y Actividades en el Medio de la Universidad de la República
  • El Instituto Nacional de Colonización
  • El Sistema Nacional de Cuidados
  • Los gobiernos departamentales y locales
  • El Plan Ceibal y el Plan Ibirapitá?
  • ¿De dónde extraer los recursos financieros para poder realizar esta transformación política de nuestra educación, incluyendo, naturalmente, el tratamiento salarial digno al que tienen derecho los trabajadores de la educación?
  • En fin, ya que parece que como viejo maestro estoy indicando deberes para hacer en casa, pregunto: ¿No podríamos lograr cuanto antes la reedición de la obra sobre nuestras Misiones Socio Pedagógicas, de la que solo se imprimieron 250 ejemplares en su primera edición, hoy com-pletamente agotada?

Las misiones de mañana

El futuro está ahí, esperando nuestro pensamiento y nuestra acción. Tengo la sensación de que estamos precisamente en estos días adoptando un presu- puesto quinquenal sin haber podido convenir cómo visualizamos el futuro a largo plazo, digamos durante el próximo cuarto de siglo. Me parecen derrotistas aquellas visiones de la educación que se limitan a ayudar a los alumnos a que se ubiquen en la realidad presente, tal como ésta se va conformando por el imperio de poderes nacionales y multinacionales. Pretendo y propongo que los educadores hagamos el esfuerzo de inspirar nuestra labor presente en la imagen de un mundo más justo y feliz, regido por valores superiores, un mundo que advendrá por concreciones de nuestra imaginación, por la fuerza de nuestras convicciones y deseos y por la generosa creatividad que tiene nuestro pueblo. Es decir, no quiero padecer la tristeza de que me construyan el futuro. Quiero sentir que lo vamos construyendo entre todos, incluidos nosotros los educadores, incluidos también nuestros alumnos, tal como hace un rato nos lo recomendaba el Dr. Pablo Martinís.

La primera tarea, mil veces emprendida y siempre inconclusa, consiste en identificar, combatir y erradicar los daños que aun azotan a la humanidad. ¿Hasta cuándo las Naciones Unidas nos seguirán diciendo que el mundo cuenta todavía con alrededor de mil millones de seres condenados a la pobreza, el hambre, la subescolarización y la marginalidad? ¿Hasta cuándo nos comprometeremos periódicamente en solemnes reuniones y documentos a eliminar el flagelo de la guerra, a reducir la desigualdad en y entre los países, a proteger los recursos naturales y frenar el cambio climático, a facilitar el acceso a la justicia para todos? Ahora, tras múltiples programas similares, las Naciones Unidas acaban de adoptar 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible para la etapa 2015-2030.

He trabajado más de 20 años en el Sistema de las Naciones Unidas arribando a dos conclusiones: la primera es que ningún objetivo nacional ni mundial se satisface sin un elevado grado de voluntad política de los gobiernos y del nivel de conciencia de los pueblos acerca de sus propios problemas. La segunda, que la educación es parte fundamental de la respuesta. Una educación que forme para el conocimiento crítico del presente y para la construcción de un futuro necesariamente distinto. Para crear este futuro distinto y en gran parte desconocido necesitamos el aporte de una educación también distinta y en gran parte también desconocida.

No creo posible abordar esta labor prospectiva sin organizarla. Nos estamos malacostumbrando a las improvisaciones, a la ruptura no siempre justificada con el pasado, al lanzamiento de innovaciones no sometidas a experimentación y evaluación rigurosas, a la imitación de modelos exóticos para ponernos aparentemente al día. Cuando hacemos balance de nuestros esfuerzos y los cotejamos con la suerte que la sociedad ha reservado a algunos de nuestros alumnos, nos preguntamos: ¿valió la pena?  Necesitamos sustituir las incer-tidumbres que hoy debilitan nuestro trabajo por un horizonte común, con-vincente y prometedor, por una verdadera política de Estado.

Formo parte de un pequeño colectivo de educadores independientes, el Grupo de Reflexión sobre Educación, al que llamamos GRE que, después de cinco años de trabajo, ha llegado a la conclusión de que es hora de que se emprenda la elaboración del Plan Nacional de Educación. A título personal, digo que en el nivel preuniversitario no disponemos de un instrumento al que pueda darse ese nombre, pues el trabajo iniciado en la ANEP con ese fin entre los años 2008 y 2011 ha sido descontinuado. Propongo que nos pongamos a trabajar desde ahora para que el próximo Congreso Nacional de Educación adopte si no los contenidos, por lo menos el formato y las pautas metodológicas del futuro Plan Nacional de Educación.

Se trata de una labor prioritaria, que no requiere mayor presupuesto, que ha de resultar del trabajo conjunto de las entidades públicas vinculadas al desarrollo y a la educación, de los sindicatos de trabajadores y educadores, de las fuerzas políticas, de los promotores de la cultura, de los orientadores de la economía y de todos los contribuyentes a la felicidad colectiva.

En ese trabajo desafiante han de participar los jóvenes y sobre todo los estudiantes. Será la suya ya no una misión reparadora, como las de hace se-tenta años, sino la misión creadora de nuevos valores que sustenten el mundo al que tienen el derecho y el deber de aspirar.

Soy optimista. Mi patria adoptiva cuenta con los medios para dibujar pron-tamente el rostro de su futuro social, educacional, económico y cultural. Es tarea política, claro está, como lo es también, y me ratifico en afirmarlo, la propia educación. Apliquémonos fraternamente a ello y dentro de poco di-remos: valió la pena.

Muchas gracias.

                                                                                  Miguel Soler Roca