Soledad Platero: “Los que pagan el pato”. Editorial en Caras y Caretas

El problema suscitado por la acumulación de basura en Montevideo (causado por la convergencia de diversos factores entre los que las medidas sindicales no fueron el más importante) desnudó la virulencia con que la opinión pública -esa máquina malévola alimentada por los medios- atacó a los municipales, acusándolos de ser unos oportunistas que se quejan y joden a todo el mundo a pesar de que ganan sueldos principescos convenientemente engordados por beneficios obtenidos vaya uno a saber mediante qué atropellos.

Gente que no trabajó en su vida pero que da la cara en nombre de la izquierda salió a decir que para volver a ganar la Intendencia de Montevideo hay que eliminar a Adeom, exactamente del mismo modo en que otro que nunca trabajó había dicho, hace algún tiempo, que para cambiar la educación había que hacer mierda a los gremios docentes.

La dirección de la comuna, por su parte, hizo su faena informando sobre un salario “promedio” que resulta envidiable para la mayoría de los trabajadores, retirando así del foco los problemas de gestión que tienen a media flota de camiones fuera de combate y ocultando el hecho de que la basura se produce a un ritmo que vuelve insustentable todo el sistema. Y los promedios, como ya se sabe, mienten. Para quien quiera verlos, los salarios de los trabajadores municipales están publicados en el sitio web de la Intendencia, ordenados por escalafón y carga horaria. Son salarios nominales, obviamente, y cualquiera con dos dedos de frente puede darse cuenta de que los que andan en la calle juntando basura y limpiando las cloacas no son los que están en la punta superior del escalafón. Pero eso a nadie le importa, porque los municipales, a diferencia de otros trabajadores del Estado, cobran salario vacacional. Un abuso, realmente. Claro que tampoco les va mejor, en la consideración pública, a los demás trabajadores estatales. Sin ir más lejos, hay quienes se quejan de que en 2002, cuando tanta gente fue a parar a la calle debido a la crisis, “los públicos” conservaron sus empleos. Increíble. Los bancos y los gobiernos hunden a todo un país en la miseria y nadie tiene una palabra de reproche para ellos. El rencor es contra los trabajadores que no fueron a dar a la calle.

No hace demasiado tiempo, existía entre los trabajadores una solidaridad básica, esencial, que no sabía de envidias ni de acusaciones por los beneficios obtenidos luego de largas luchas. Fueron miles y miles los trabajadores que pagaron con cárcel o hasta con su vida eso que hoy algunos miran con rencor y hostilidad: presupuestación, un escalafón claro, un sistema de concursos que ofreciera garantías, beneficios sociales, condiciones seguras para trabajar. Cosas básicas que sólo pueden ser vistas como privilegios debido a un brutal proceso de deterioro de la solidaridad de clase. Pero el deterioro se produjo, y hoy hay que escuchar que está mal que un trabajador que gana 25 mil pesos nominales haga paro, porque resulta que hay otros que ganan 15 mil. (Por cierto, esa condescendencia de la opinión pública con los que ganan menos desaparece en el mismísimo momento en que éstos toman una medida de lucha, a menos que esa medida sea completamente invisible y no moleste el normal desarrollo de las actividades del resto).

Es que siempre los que pagan el pato son los trabajadores, dicen, queriendo decir “yo”. Algunos, más audaces, dicen cosas como “les pagamos el sueldo y no nos dan el servicio”. Pagan 800 pesos de tributos municipales y 180 de tasa de saneamiento cada dos meses, y con eso creen que pagan el sueldo de los que les limpian la mugre. Por cierto, tienen saneamiento y servicios, pero en su imaginación esa loca suma que le pagan a la Intendencia un mes sí y otro no sostiene los salarios magros de los barrenderos y los abultados de los directores de división o de departamento.

Hace algunos meses vimos la misma película cuando maestros y profesores hacían sus reclamos. Se dijo que trabajaban poco, se los acusó del desastre educativo en el que parece que estamos sumergidos y se habló de que no importa que no ganen mucho, porque por lo general se casan con alguien que gana bien, así que no necesitan tanta plata. Pero nadie vaya a pensar que el odio contra las medidas de lucha de los trabajadores alcanza sólo a los funcionarios públicos. Basta ver lo que pasa cuando para el transporte, por ejemplo. Juan Pueblo, el furioso, no pierde un minuto de su tiempo para saber qué pasó, quién no cobró el sueldo, quién fue asesinado, cuántos van a quedar en la calle.

Se me dirá que hay medidas que joden al pobre, y es verdad. Que probablemente haya otras formas de hacer presión para conseguir un aumento o una mejora en las condiciones de trabajo, y también es verdad. Que entre los funcionarios públicos hay burócratas indefendibles y entre los privados hay atorrantes de campeonato, y no soy quién para discutirlo. Pero el trabajador no es el pelado cara de orto que no te dio entrada al trámite o la mina que te maltrató en la mutualista cuando precisabas un remedio. Tampoco es el guarda servicial y buena onda que te hizo el viaje más fácil y te alegró el día. No. El trabajador es un concepto. Es el que vende su fuerza de trabajo, y en una de esas tiene suerte y lo hace en algo que le gusta, y en una de esas no, y lo hace igual, porque tiene que ganarse la vida. El trabajador es uno de los polos en una ecuación que tiene en el otro extremo a alguien que decide cuánto le va a pagar y cuánto le va a exigir. Y no conozco casos en los que ese extremo se muestre espontáneamente generoso.

Por eso, los que se apuran a recordar que los trabajadores del ámbito privado ganan una miseria y no pueden hacer paro porque los rajan, harían bien en considerar que tal vez si no saltáramos como clientes defraudados ante cada medida de lucha las probabilidades de hacerse respetar crecerían considerablemente para los más vulnerables. Y quedarían haciendo gárgaras con sus bravuconadas los que, sin haber sido asalariados en su pinche vida, no vacilan en cacarear para reclamar la aniquilación de un sindicato.