El pasado viernes 13 de marzo, el presidente de la república declaró la emergencia sanitaria por coronavirus, luego de la confirmación de cuatro casos en Uruguay. Se procedió al cierre parcial de fronteras, cuarentena obligatoria a pasajeros de países declarados de riesgo, prohibición de descenso de cruceros y suspensión de espectáculos públicos. En la educación, inicialmente se dispuso no controlar la asistencia de los estudiantes, luego se indicó que debían establecerse guardias de cuatro horas por día, y finalmente, gracias al accionar de la CSEU, se habilitó el cierre de los centros educativos que no ofrecen servicio de alimentación. Conjuntamente, se realizaron cambios en la plataforma CREA para permitir el trabajo a distancia con los estudiantes.
Deseamos dejar en claro que consideramos que los medios tecnológicos pueden ser utilizados como valiosas herramientas didácticas en el desarrollo de un curso. Además, en el marco de las medidas de aislamiento que han dispuesto las autoridades, valoramos las intenciones de muchos docentes que han realizado importantes esfuerzos para buscar alguna clase de contacto virtual con sus estudiantes.
Ahora bien, por grandes que sean esos esfuerzos, no permitirán el contacto con todos los estudiantes. Decenas de miles de niños y jóvenes no tienen dispositivos electrónicos, ya que los que les fueron entregados a través de Ceibal se rompieron y no fueron reparados ni sustituidos. Tema aparte son los estudiantes extraedad, especialmente los que asisten a clase en los turnos nocturnos, pues en ningún caso reciben equipos Ceibal.
Además, miles de hogares carecen de acceso a internet, y no parece razonable esperar que los estudiantes se trasladen a una escuela o liceo para conectarse, cuando se han dispuesto medidas sanitarias que suponen evitar al máximo la salida de nuestros domicilios.
Los planteos de que los escolares y liceales pueden recurrir a dispositivos con datos móviles de algún familiar, parten del desconocimiento de las condiciones de vida en los hogares más pobres de nuestra sociedad.
Y, aunque la situación de los docentes es diferente a la de los estudiantes, no debemos olvidar que cientos de maestros y profesores carecen de equipos Ceibal o ya no funcionan los que alguna vez recibieron. Tampoco queremos dejar de recordar que es obligación del empleador proveer las herramientas de trabajo.
Hechas estas precisiones, intentaremos aportar a la reflexión acerca de lo que implica trabajar pedagógicamente a través de una plataforma virtual en las actuales condiciones. Para ello, haremos el ejercicio de imaginar que todos los estudiantes tienen acceso a un dispositivo móvil y servicio de internet. ¿Alcanza con eso para que sea posible un acto educativo? Entendemos que no, por las razones que a continuación se desarrollan.
1. El uso exclusivo de medios tecnológicos empobrece los procesos de aprendizaje.
En todas las aulas del país, los docentes disponemos de pizarras. Cuando el desarrollo de la clase lo amerita, podemos realizar en ellas diferentes registros, con el objetivo de propender a los objetivos pedagógicos que perseguimos. Pero el uso de la pizarra no asegura la consecución de tales objetivos. Con las herramientas tecnológicas sucede lo mismo. De hecho, ningún recurso didáctico asegura los aprendizajes, pues son el resultado de procesos cognoscitivos que se dan, o no, en los estudiantes.
En la modalidad presencial, lo que los docentes podemos hacer es visualizar el desempeño. Para ello, debemos estar atentos a aquellas conductas que sugieren que no se están logrando los objetivos del curso: rostros de frustración, hojas en blanco, no hacer nada, hacer otras cosas, aislarse, etc. Y eso es algo que casi no puede realizarse cuando trabajamos virtualmente. A través de los medios electrónicos, el docente puede facilitar el acceso a fuentes de información y conocimiento, pero son mínimas, en caso de existir, las posibilidades de identificar la reacción de los estudiantes ante esas fuentes.
Además, la modalidad virtual dificulta, o incluso impide, el tipo de interacciones laterales entre pares que forman parte importante de la experiencia educativa dentro de un aula. Este tipo de formato, amén de la existencia de foros, fomenta un tipo de modalidad educativa donde el vínculo entre el docente y los estudiantes puede tender a la linealidad, disminuyendo la dimensión colectiva del hecho educativo. Buena parte de las interacciones que ayudan a la significación de los conceptos trabajados, se dan de manera informal en los vínculos espontáneos entre estudiantes; vínculos que solo se registran en las instancias presenciales dentro de las instituciones educativas y que difícilmente sea posible recrear virtualmente.
2. Los docentes de ANEP planificamos cursos presenciales.
La naturaleza de un curso presencial es muy diferente a la de un curso a distancia. Los docentes de primaria, secundaria y UTU planificamos nuestros cursos a partir del trato directo con los estudiantes en el aula. Dedicamos buena parte del tiempo de clase a facilitar la comprensión de los textos y medios audiovisuales que consideramos adecuados para aproximarnos científica-filosófica-artísticamente a ciertas temáticas. Hemos previsto modalidades de lectura, explicaciones que jerarquizan los conceptos centrales, preguntas, situaciones-problema, debates, trabajos colaborativos y otros recursos que, desde nuestra profesionalidad, entendemos necesarios.
Un curso on line parte de supuestos muy diferentes. El docente, sabiendo que la posibilidad de interactuar con los estudiantes es muy limitada, debe buscar fuentes que puedan ser comprendidas con relativa facilidad. Y pensar actividades que no supongan mayores dificultades. Todo ello implica disponer de mucho tiempo para planificar. Y, a días de haber comenzado un imprevisto período de aislamiento, ello es sencillamente imposible.
Aunque parece clara la diferencia, no debemos confundir un curso a través de medios electrónicos con el uso de esos medios en tanto soporte de las instancias presenciales. A modo de ejemplo, una cosa es reflexionar a partir de un documental que refiere a cierta temática trabajada de cierta manera en el aula, y otra cosa es que ese documental sea el soporte privilegiado para que el estudiante reflexione sobre cierta problemática.
Así, no parece lo mejor que nos dediquemos a trasladar a nuestros estudiantes a través de los soportes electrónicos las actividades que habíamos planificado para el trabajo en el aula.
3. Los docentes no conocemos aún a nuestros estudiantes.
Consideremos el momento del año en el que nos encontramos. Antes de la suspensión de las clases, en Primaria, las maestras tuvieron contacto diez veces con sus alumnos. En la enseñanza media diurna, donde cientos de jóvenes no han completado aún su inscripción a un centro educativo, el número de encuentros en el aula con los estudiantes en lista osciló de dos a seis, según la asignatura. En la enseñanza media nocturna, se registraron de uno a tres encuentros por asignatura.
De esta forma, salvo en los infrecuentes casos en que reiteramos el vínculo con algunos estudiantes, los docentes desconocemos por completo la realidad de nuestros estudiantes. Ignoramos sus condiciones materiales de vida, las características de su estructura familiar, sus antecedentes educativos, sus aprendizajes previos, sus carencias de conocimientos, así como la existencia o no de dificultades de aprendizaje.
¿Cómo vamos a planificar las actividades a distancia para nuestros estudiantes, cuando no manejamos la información necesaria para una definición criteriosa de lo que puede proponerse y lo que no? ¿Qué sucede si se presuponen conocimientos que el estudiante no maneja? ¿Y si no se entiende el texto de referencia? ¿Y si no se comprende la consigna de trabajo? Proponer actividades que nuestros estudiantes no están en condiciones de realizar, sólo contribuirá a incrementar el estrés que de por sí genera la compleja situación que atravesamos.
Todo proceso de aprendizaje va acompañado de aspectos emocionales y, en caso de no poder realizar las actividades que se plantean, ello puede contribuir a reforzar la idea que muchos niños y jóvenes tienen acerca de que estudiar no es para ellos. Si esa situación se da en el aula, el docente puede identificarla y buscar alternativas para que el estudiante se sobreponga. Sucede que para ello es necesario el encuentro personal. En las actuales condiciones, todo se reduce a recibir o no una tarea a través de una plataforma digital. No existe la posibilidad de conversar con el estudiante y buscar apoyo en otros actores de la comunidad educativa.
4. No existe una visión global de las tareas a proponer.
Sería deseable una adecuada organización del número de tareas a proponer. En Primaria, ello es posible con relativa facilidad, pues la maestra puede graduar las actividades que plantea. En la educación media, la organización de la comunicación con los estudiantes presenta otras dificultades, pues requeriría de la coordinación entre los docentes de cada grupo, posibilidad que se encuentra fuertemente limitada.
El apresuramiento con que, en ocasiones, se comenzó a buscar el “contacto virtual” con los estudiantes, puede conducir a una contraproducente saturación de tareas. Imaginemos un joven que, al ingresar a la plataforma, se encuentra con que ya le han planteado actividades los docentes de ocho o diez asignaturas diferentes. Es cierto que no estamos de vacaciones. Pero también es cierto que las condiciones en nuestros hogares no son las habituales: hay más personas conviviendo todo el día, compartiendo espacios que no siempre permiten la concentración que requieren las labores educativas. Sumemos a ello, que las tareas pueden referir a temas nuevos, con textos complejos. Lo que probablemente suceda es que el joven decida no hacer ninguna de las tareas. De hecho, una de las características de los cursos virtuales, tratándose de profesionales que buscan la actualización o el perfeccionamiento en cierta área, es el alto porcentaje de abandonos cuando la exigencia planteada sobrepasa las posibilidades de realización. ¿Cómo pensamos que reaccionarán los adolescentes?
Tenemos conocimiento de que, en algunos liceos, este apresuramiento por el uso de la plataforma ha sido alentado desde ciertas autoridades, apelando a mensajes que sugieren la posibilidad de que se fiscalice el “teletrabajo” que realiza o no cada docente. En algunos casos, se ha llegado al disparatado planteo de registrar las actividades en la libreta digital del docente, como si las clases estuviesen transcurriendo con normalidad. Entendemos que, lejos de contribuir a los fines pedagógicos que persigue una institución educativa, esta clase de prácticas no hace más que presionar a los docentes sin sustento legal alguno, incrementando las situaciones de estrés que de por sí están en juego en un período de aislamiento, y propiciando la desorganización en el relacionamiento con los estudiantes.
5. Se improvisa respecto a la finalidad de las actividades.
El apresuramiento con que se dispuso el inicio del uso de la plataforma, ha descuidado la necesidad de reflexionar y decidir, previamente, qué finalidad tendrán las actividades que los docentes propongan. Los estudiantes esperarán una devolución de su trabajo. Tienen derecho a ello. Pero, ¿qué características ha de tener esa devolución? ¿Implicará el uso de calificaciones? En tal caso, ¿no se establece una desigualdad con los estudiantes que no realicen las actividades, sea por no haber comprendido la manera de realizarlas, sea por no tener posibilidades de conectarse a través de la plataforma? ¿Cuándo y de qué modo procederán los docentes a la devolución de las tareas recibidas? ¿Rápidamente a través de la plataforma, o más adelante cuando se restablezcan las clases? En el marco de la libertad de cátedra, cada docente tiene derecho a decidir, fundadamente, cuál es la modalidad que mejor contribuye a los objetivos del curso.
En el mismo sentido, ¿cómo se articularán las actividades realizadas con el restablecimiento de las clases? Producto del trabajo a través de la plataforma, habrá estudiantes en situaciones muy diferentes: los que realizaron correctamente las tareas, los que a pesar de intentarlo cometieron errores conceptuales en la resolución de las actividades, los que se vieron superados por la exigencia planteada, y los que nunca se conectaron y llegarán al aula como si se tratara del primer día de clases. ¿Es deseable una situación así? ¿Qué estrategias de trabajo se ensayarán para tender a la nivelación de los aprendizajes? ¿No sería preferible esperar para comenzar los cursos junto a todos los estudiantes?
Quizá el vínculo que se genere virtualmente no debería organizarse en torno a los contenidos del programa del curso, sino que podría explorar los aprendizajes previos e indagar cómo se vivencia esta situación tan particular en la que nos encontramos. En cualquier caso, el abordaje de las interrogantes planteadas demanda una reflexión que no puede procesarse en pocos días, y que es anterior al inicio de un eventual trabajo a través de una plataforma digital.
6. Se genera una especie de psicosis que lleva a la vulneración de derechos.
Hay docentes que, usando la plataforma, están trabajando más horas que con la modalidad presencial. En los grupos de wp de profesores de diferentes liceos encontramos mensajes que muestran un alto grado de estrés ante las fallas técnicas de la plataforma, las dificultades que supone su uso, y la poca o nula respuesta de los estudiantes.
Manifestamos honda preocupación ante la posibilidad de que se usen redes sociales para establecer vínculos con los estudiantes. En liceos excluidos de la plataforma Crea (con planes para alumnos con condicionamientos laborales y extraedad), se han enviado a docentes archivos con los mails y números de contacto telefónico de sus estudiantes, esperando que los usen para establecer contacto. Es genuina la preocupación por un alumnado con alto riesgo de abandono, pero esa inquietud no debe vehiculizarse con procedimientos que vulneran la privacidad de los datos personales y violentan derechos laborales y la propia gratuidad de la educación pública.
Bastante compleja es ya, de por sí, la utilización de Ceibal. Desde su creación, esta política ha sido presentada como un dispositivo de naturaleza educativa. Sin embargo, en Secundaria, tanto la organización sindical como la asamblea técnico docente han señalado siempre que su implementación responde a intereses políticos y económicos ajenos a la educación. Prueba de ello es su contribución a la privatización y mercantilización de la enseñanza, la falta de transparencia en la adquisición de equipos chatarra, y otras consideraciones, que requerirían un artículo aparte.
¡Cuidado! Docentes enseñando.
Vayamos despacio. Que las presiones no nos enloquezcan. Y, fundamentalmente, que nuestro proceder no suponga una renuncia a nuestras libertades, nuestros derechos y las garantías reconocidas a nuestra labor, que con tanto sacrificio han conquistado generaciones anteriores, y que con tanto esfuerzo hemos tenido que defender ante reiteradas amenazas de recortes y limitaciones.
La libertad de cátedra nos habilita a decidir la organización de los contenidos del programa, los autores de referencia, los textos a trabajar, las preguntas a formular, los debates a generar, y los recursos didácticos a utilizar. Nadie puede obligarnos a utilizar una plataforma digital.
En todo caso, la imposición por la vía de los hechos de una plataforma virtual, en vez de llevarnos a contribuir con su transformación en “la” herramienta didáctica por excelencia, debería interpelarnos acerca de su conveniencia.
Somos docentes de aula. La historia de la educación muestra con claridad que nada podrá sustituir jamás el vínculo directo entre docentes y estudiantes. Nuestra sensibilidad ante la emergencia sanitaria y nuestro compromiso con los estudiantes y sus familias podrá eventualmente traducirse en el intercambio a través de un medio electrónico, pero no de cualquier forma, ni a cualquier costo.

Agrupación Ferrer i Guardia
ADES Montevideo – FeNaPES – PIT-CNT


