Soledad Platero: Servicios esenciales. Columna de Opinión en Revista Caras y Caretas

La semana de la nostalgia arrancó con un balde de agua fría: la ministra de Educación y Cultura, María Julia Muñoz, dijo en conferencia de prensa que el gobierno decretaría “la esencialidad de los servicios que tienen que ver con la enseñanza” a partir del miércoles.

Con cara de circunstancias, como corresponde a semejante anuncio, la jerarca informó de la medida (tomada “con mucho dolor”), y explicó que no se puede dejar a los niños sin clases porque eso acarrea trastornos enormes a las familias, además de atentar contra el elemental derecho a educarse que tienen los alumnos.

Además, dijo, no se puede admitir una huelga como ésta en momentos en que se discute un presupuesto “absolutamente bueno para la educación en general y para los salarios de los docentes”, así que hay que hacer lo que hay que hacer.

Sobre el alcance del sintagma “absolutamente bueno” se podrían decir algunas cosas. Por lo pronto, recordar que el aumento previsto para los salarios docentes no sólo no es bueno, sino que, llevado a pesos, es bastante malo. La propuesta de convenio que el viernes 21 presentó el Ejecutivo establece alcanzar, en el año 2020 (sí, dentro de cinco años) un salario nominal de 25 mil pesos (sí, nominal) para los docentes con veinte horas semanales, y de 23.455 pesos para los funcionarios no docentes que trabajen cuarenta horas semanales. Lo repito: dentro de cinco años los docentes con 20 horas semanales de trabajo alcanzarían un salario nominal de 25 mil pesos. Eso, claro, si durante ese tiempo se hubiese cumplido “con los cronogramas establecidos en los calendarios dispuestos en los respectivos planes y programas de estudio de la ANEP” y si, además, las partes respetaran el acuerdo de “no realizar acciones que contradigan lo pactado ni aplicar medidas de fuerza de ningún tipo por este motivo”. Así que, si todo sale bien y las partes no violan el acuerdo, de aquí a cinco años los docentes podrían estar cobrando entre 19 y 20 mil pesos líquidos.
No hay que ser un genio para saber que de semejante oferta pueden decirse muchas cosas (que es lo que hay, que más no se puede, que hay quienes ganan menos, que peor estábamos en 2002 y quién sabe cuántas afirmaciones, tan verdaderas como insuficientes, del mismo estilo), pero no que es “absolutamente buena”. Es entonces que entra en escena el equipo económico y habla de porcentajes y recuerda que es necesario cuidar los equilibrios.
En los últimos meses, a medida que la discusión en torno a los Consejos de Salarios y el Presupuesto Nacional se iba caldeando, varios actores públicos de derecha e izquierda admitieron en la prensa que algunos salarios no alcanzan para vivir dignamente, pero explicaron que, por el momento, no se puede hacer más. Nada se dijo de los salarios escandalosos que cobran algunos jerarcas o algunos profesionales, ni de las muchas formas en que los ciudadanos subsidian a ciertas industrias, a ciertas empresas y a ciertos proyectos. Nunca se habló (nunca se habla) de cuánto ganan los que ganan mucho, ni cuánto ahorran en aportes que no hacen, en impuestos que se les exoneran o en préstamos que no devuelven.
La idea de declarar a la educación un “servicio esencial”, por otra parte, y de hacerlo en nombre de las rutinas familiares que se ven entorpecidas por la ausencia de los docentes, deja en evidencia la idea, cada vez más naturalizada, de que la educación es, sencillamente, un servicio. Las maestras deben estar en sus puestos porque hay padres que no tienen con quién dejar a los nenes. Las escuelas tienen que estar abiertas porque hay niños que sólo comen en la escuela, y cerrarlas es dejarlos sin comer. Las clases deben dictarse en tiempo y forma porque hay que cumplir el cronograma. ¿Y la educación? Bueno, la educación es la correcta gestión de un sistema facilitador de oportunidades personalizadas de aprendizaje, según lo que se desprende del documento titulado La educacion prioridad de pais: aportes a la construcción de una educacion genuinamente inclusiva (sic), elaborado por la Fundación 2030, y que orienta, o aspira a orientar, nuestros pasos en la materia.
La educación, parece, ya no debe aspirar a la formación de sujetos autónomos y críticos capaces de mejorar su vida y las vidas de los demás, sino que debe conformarse, más modestamente, con limpiarles los mocos a los pobres y abrirles alguna vía hacia el engranaje productivo. Un engranaje, por otra parte, que hoy necesita torneros y mañana puede necesitar ladrilleros, así que lo que es esencial que aprendan los educandos es la flexibilidad. No sabemos qué mundo nos espera, pero sea cual sea, lo importante es adaptarse.
Muchos han manifestado públicamente su rechazo a las medidas de lucha de los docentes. Más de uno ha dicho, con sensatez, que bien podrían, en lugar de parar, dictar clases paralelas o tener una actitud proactiva en defensa de la educación popular, por ejemplo. Es posible, pero se trata de decisiones que toman los que participan de las instancias resolutivas. Conviene no olvidar, en todo caso, que los días de paro se descuentan del salario, así que los trabajadores son los primeros perjudicados por una huelga.
Sobre lo que la educación es o debe ser hay incontables teorías y opiniones. Una de las más tristes, a mi entender, es la que surge del documento mencionado más arriba. Cualquiera que se tome la molestia de leerlo (está disponible en internet y se lo encuentra fácilmente por su nombre) puede advertir que la preocupación central que refleja es la de incorporar a los hijos de los pobres al mercado de trabajo. Por cierto, un mercado de trabajo inestable, impredecible y cambiante para el cual no es esencial saber cosas: lo esencial es saber adaptarse. Los educadores, devenidos “facilitadores”, tienen como misión retener a los alumnos en el sistema y proveerles contenidos que no los aburran o fastidien, que no les compliquen la cabeza y que no les hagan perder el tiempo. No voy a extenderme acá sobre lo que propone el documento mencionado, pero insisto en recomendar su lectura. Insisto en sugerir a quien lo lea que repare en la pésima redacción, en los horrores ortográficos y gramaticales, en la repetición de frases hechas y palabras huecas y en la penosa concepción de lo educativo en que se sustenta. Insisto en señalar que eso, ese documento de pobreza franciscana es lo que elaboraron los expertos en educación para los próximos quince años. Francamente, si eso es lo que los expertos son capaces de elaborar, no sé con qué cara se les puede pedir a los docentes, a esos docentes que ganan menos de 20 mil pesos y que se hacen cargo de trabajar en condiciones que distan mucho de la excelencia, que sean creativos a la hora de tomar medidas.
La educación es esencial, pero no es un servicio. Para hablar de estas cosas tal vez habría que empezar por ahí.

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