El pensamiento feminista, gestado en la modernidad europea y cuya peripecia puede resumirse en la pregunta que atraviesa la obra de Simone de Beauvoir: ¿cómo pueden las mujeres, las oprimidas, devenir sujetos por propio derecho?, se constituye en herramienta imprescindible al realizar un análisis de las relaciones de poder que han legitimado históricamente la desigualdad social y política entre hombres y mujeres.
Las distintas etapas que han ido delineando este tipo de reflexión, han estado marcadas por los contextos de producción del pensamiento, la carga histórica que conllevan las prácticas y los posicionamientos ideológicos. En América Latina, el feminismo se ha expresado en la lucha por los derechos políticos, económicos, sociales y culturales de las mujeres entrelazada con la de otros sectores también entendidos desde la mirada hegemónica como subalternos. En una realidad tan compleja y diversa, la lucha por la igualdad de las mujeres se encuentra atravesada por elementos como la clase y la raza, debiéndose articular con las demandas propias de los pueblos originarios, como la autonomía y la libre determinación, el acceso a la tierra y a los bienes naturales, la defensa de los saberes tradicionales de las comunidades, los derechos que refieren al trabajo, entre otros. Los elementos raciales como fuente de discriminación así como el machismo, han operado tanto desde los sectores dominantes como desde la interna de las mismas organizaciones que demandan la ampliación de derechos, situación que reclama cambios culturales que modifiquen las maneras de obrar.
Desde lo académico, a comienzos de los ochenta se produce una apertura hacia la indagación de distintas expresiones culturales, la búsqueda de elementos propios de las tradiciones, la historia de los sujetos oprimidos, las narrativas y las formas de la memoria[1]. Desde el análisis posestructuralista sobre poder y discurso, Joan Scott (1996) propuso la articulación de raza, clase y género entendiendo a este como una red de relaciones de poder y estableciendo la necesidad de la lucha epistemológica en la teoría y la política feministas.
En América Latina la reflexión así como las acciones que se han desarrollado respecto a los problemas de desigualdad de género, no han permanecido ajenas a esta forma de tratar de entenderlos, más bien se puede afirmar que ciertas teorizaciones provenientes de Europa o EE.UU. se ven enriquecidas desde el contexto latinoamericano donde se prioriza la articulación de las diferencias (raza, etnia, clase, género), historizándolas, tomándolas como categorías de análisis, cuestionando las relaciones de poder que se dan en los distintos contextos y así poder modificarlas.[2] Al respecto, Sonia Álvarez (2009) afirma que los movimientos feministas que han operado desde distintos espacios, han entendido “la importancia de lo local, lo cultural, lo íntimo y lo personal en los procesos de transformación política” mucho antes que los partidos de izquierda.
El análisis de Gioconda Herrera (1999) prioriza la necesidad de hacer visibles las distintas partes de un entramado que lleva a poder comprender las situaciones de sometimiento que datan de la conquista. Para ello se remite al texto de Marfil Francke, “Las trenzas de la dominación”, donde metafóricamente se alude al género, a la clase y a la etnia para indagar acerca de cómo estas tres categorías se conjugaron en las formas de dominación y opresión durante la conquista y cómo determinaron la diversidad de identidades y de opresiones femeninas. Dos de esas variables son más visibles (etnia y clase), mientras que las desigualdades de género tienden a quedar ocultas como el mechón que queda debajo en una trenza.
Se suman a esto los aportes de teóricas feministas indias como Chandra Mohanty y Vandana Shiva, que desde un enfoque que conecta lo local con lo global brindan aportes tendientes a articular estrategias de lucha comunes teniendo como telón de fondo el capitalismo globalizado.
Los movimientos sociales y la articulación de las mujeres
En el contexto global de dominación capitalista, toma fuerza la postura que entiende que los movimientos sociales deben direccionar su lucha fundamentalmente hacia el ámbito de la cultura, enfrentando al neoliberalismo como proyecto político y cultural. En esta línea, Sonia Álvarez concibe a los movimientos sociales como agentes de producción cultural portadores de saberes y poderes, por tanto creadores de conceptos alternativos sobre: mujer, naturaleza, raza, economía, democracia o ciudadanía. En sus prácticas despliegan lo que se denomina “cultural politics” (política de la cultura), concepto dinámico y relacional que refiere a resignificaciones[3] construidas en oposición al modelo dominante y que generan procesos de cambio político. Estas prácticas han permitido por ejemplo, la desnaturalización cultural de los significados y sentidos de ser hombre o mujer en comunidades determinadas.
Los movimientos sociales son entendidos como articulaciones de distintos actores y colectivos a través de redes político-comunicativas (que conllevan conflictos y contradicciones), y que se encuentran atravesados por relaciones de poder en sus distintas dimensiones. Constituyen movimientos alternativos que son conceptualizados como “Campos Discursivos de Acción”, atendiendo a su tendencia a incluir diversidad de actores y espacios, en ellos se integran los movimientos feministas apareciendo de manera difusa dado el proceso de descentramiento que los caracteriza y que los lleva a accionar desde lugares no específicos, influyendo de esta manera en la cultura y la política. Dado que todos los ámbitos de la sociedad se interrelacionan, las acciones en un espacio generan efectos en otros, por ello la militancia debe darse en una multiplicidad de espacios y lugares que no suelen considerarse “propiamente políticos”. En la realidad del Perú, según Tarcila Rivera Zea (2008), dado lo dinámico del proceso de estos movimientos, algunas mujeres indígenas, migrantes y pertenecientes a organizaciones sociales, han pasado de su militancia en espacios propios de su especificidad al movimiento feminista.
Participación de las mujeres en ámbitos de gobierno y en organismos internacionales
Los noventa marcaron un quiebre en las decisiones de los ámbitos oficiales tanto nacionales como internacionales, aparentemente se otorgaba cierta apertura a la participación de colectivos que antes no habían sido tenidos en cuenta. En la era pos Consenso de Washington se promovió la “participación ciudadana” desde gobiernos neoliberales e instituciones como el Banco Mundial; en gran parte de América Latina, con la paulatina asunción de gobiernos llamados “progresistas” comenzó a promoverse la “democracia participativa”.
Si bien la participación de las mujeres en los ámbitos de gobierno y en los organismos internacionales ha aumentado, las valoraciones acerca de este hecho varían. Los elementos culturales y étnicos operan con gran peso hacia la exclusión, de hecho las mujeres indígenas y negras siguen siendo menos convocadas a estos ámbitos que las que no lo son; además, la participación en estos ámbitos tanto de las feministas como de cualquier colectivo que encarne intereses de sectores subalternos, instala entre otros problemas el de la cooptación de representantes de sectores históricamente oprimidos y la minimización del cumplimiento de sus demandas.
Las mujeres indígenas, siguen reclamando su participación en los lugares propios de la toma de decisiones tanto a nivel de sus comunidades, del gobierno y de los organismos internacionales como la O.N.U. o la O.E.A. En estos últimos, las mujeres indígenas no cuentan con la presencia activa necesaria en los grupos de trabajo sobre temas indígenas, salvo excepciones.
Por otra parte, en las comunidades indígenas, factores culturales como el machismo han incidido en la ausencia de mujeres en los cargos de decisión. Al respecto, Rivera Zea señala que los varones que no están en estos cargos, resultan los más activos en convocar a la capacitación de las mujeres y a reconocer su participación activa. La autora señala como un avance de los pueblos indígenas, el acceso al conocimiento de los instrumentos jurídicos acerca de sus derechos, lo que supone la generación de estrategias apropiadas para hombres y mujeres en la participación política y entiende que el inicio de este proceso ha comenzado con “la presencia de mujeres indígenas en los gobiernos locales, donde mujeres indígenas andinas y amazónicas están accediendo a puestos de regidoras, alcaldesas, juezas de Paz, superando todas las barreras y respondiendo con sus propias capacidades” (Rivera Zea, 2008).
Mujeres indígenas: en la comunidad y frente al Estado
Las investigaciones acerca de los roles que asumen las mujeres indígenas tanto a la interna de sus comunidades como en las demandas frente al Estado, demuestran un activismo constante y comprometido, que se ha traducido en formas de lucha organizada y en la obtención de ciertos logros.
Las mujeres indígenas son portadoras de conocimiento acerca de instrumentos y mecanismos para responder a la agudización de la pobreza en el campo, su participación organizada les ha conferido el manejo de la política para logros que van desde los programas de apoyo para la extrema pobreza hasta la participación con voz propia en comisiones multisectoriales y gobiernos locales. También las mujeres han sido quienes han asumido las denuncias de violaciones a los derechos humanos y se han encargado de toda la responsabilidad familiar frente a la desaparición de sus esposos o familiares durante décadas.
Desde la experiencia mexicana, Aída Hernández (2003) plantea que las mujeres indígenas organizadas han asumido una doble demanda: frente al Estado plantean la necesidad de reconocer el derecho de autodeterminación de los pueblos indígenas, y en este proceso se encuentran redefiniendo los conceptos de cultura, autonomía y Estado-nación; dentro de sus comunidades y organizaciones intentan el replanteo crítico de sus sistemas normativos, para transformar elementos de la tradición que se consideran opresivos y excluyentes y formas culturales que atentan contra sus derechos. Esta tarea implica una ampliación del mismo concepto de cultura, al cuestionar visiones estáticas de la tradición, a la vez que la generación de propuestas acerca de valores y prácticas.
Esta tarea resulta sustancial para revertir situaciones de violencia instaladas, como la violencia doméstica, la discriminación cultural, las vejaciones en el servicio doméstico, que han sido sostenidos por la influencia negativa de los discursos religiosos occidentales, prejuicios raciales enraizados y muchas otras prácticas que responden a distintas formas del patriarcado. Se agrega a la interna de los movimientos feministas, el señalamiento que hacen algunas mujeres acerca de la existencia del racismo, como asignatura pendiente a resolver en los mismos movimientos integrados por mujeres. Como expresa Rivera Zea (2008): “La actitud discriminatoria está tan íntimamente ligada con las formas de opresión y exclusión que no será posible erradicarlas con un decreto de ley sino, por medio de programas de educación efectivos que contribuyan al cambio de mentalidad, así como de actitudes en la vida cotidiana”.
La mirada anticapitalismo globalizado
Feministas indias como Chandra Mohanty y Vandana Shiva, han sido duramente críticas con la visión difundida de las mujeres del tercer mundo como meras víctimas del patriarcado, entendiendo esta postura como una forma de colonialismo discursivo que niega los espacios que las mujeres se han abierto en sus dinámicas culturales. Proponen la necesidad de constituir alianzas políticas y apoyar la lucha de otras mujeres en contextos culturales distintos, para ello estiman necesario entender la especificidad de sus experiencias y sus formas de resistencia.
Chandra Mohanty considera trabajar no solo en la etapa deconstructiva de los discursos, sino también en la parte constructiva de las estrategias de lucha, para ello el lenguaje y la deconstrucción se vuelven fundamentales. Concibe a los movimientos sociales como sitios decisivos para la construcción de conocimientos, comunidades e identidad. Sostiene que la economía capitalista global exacerba la explotación de las mujeres trabajadoras de una clase (o casta) particular, de determinada raza, inmigrantes o migrantes, a la vez que produce subjetividades funcionales al sistema. A pesar de esto, entiende que el género permanece ignorado como categoría de análisis y como base organizativa en la mayor parte de los movimientos sociales; de ahí que establece la necesidad de que las feministas sean anticapitalistas y los activistas y teóricos de la antiglobalización sean feministas. La tarea debe apuntar a la crítica y la resistencia al capitalismo global a la vez que a la denuncia de la naturalización de sus valores masculinistas y racistas (Mohanty, 2008).
Esta propuesta se concreta en la construcción de coaliciones y alianzas transfronterizas mediante un feminismo de la diversidad antiimperialista, que hace de la diversidad un potencial de lucha y no una limitación, en la tarea de construir redes de solidaridad para impactar en los poderes globales.
Ana Vieira
Referencias
- Álvarez, S. (2009) “Repensando la dimensión política y cultural desde los movimientos sociales: algunas aproximaciones teóricas”. En: Hoetmer, R. (coord.). Repensar la política desde América Latina. Cultura, Estado y movimientos sociales. Lima: Fondo Editorial de la Facultad de Ciencias Sociales.
- Francke, M. (1993). “Género, clase y etnia: las trenzas de la dominación” En: Tiempo de ira y amor: nuevos actores para viejos problemas. Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo. DESCO. Lima.
- Hernández Castillo, A. (2003). “Re-pensar el multiculturalismo desde el género. Las luchas por el reconocimiento cultural y los feminismos de la diversidad”. En La ventana. Revista de estudios de género, N°18. Guadalajara: Universidad de Guadalajara.
- Herrera, G. (1999). “Los dilemas de la diferencia: feminismos, interpretación y política”. En Íconos: revista de ciencias sociales, N°6. Quito: FLACSO.
- Mohanty, Ch. T. (2008). “De vuelta a Bajo los ojos de Occidente: La solidaridad feminista a través de las luchas anticapitalistas”. En: Suárez, L. y Hernández, A. (coord.). Descolonizando el feminismo: teorías prácticas desde los márgenes. España: Cátedra.
- Rivera Zea, T. (2008). “Mujeres indígenas americanas luchando por sus derechos”. En: Suárez, L y Hernández, A. (eds.). Descolonizando el feminismo: teorías prácticas desde los márgenes. Cátedra.
- Scott, J. (1996). Feminism and History. Oxford: University Press.
[1] Esto se debió en gran parte a la institucionalización de los estudios de género en las universidades europeas y norteamericanas.
[2] Gioconda Herrera (1999) plantea que articular estas variables lleva a ciertas preguntas ineludibles: ¿Cuál es la percepción de las mujeres blanco-mestizas de lo indígena y de las mujeres indígenas? ¿Qué piensan de los hombres? ¿Existe una percepción sexuada del otro entre los grupos? ¿Cómo inciden las relaciones de poder y opresión en la percepción de género que tiene el grupo? ¿Cuán sexuadas eran las miradas de los conquistadores hacia las indígenas? ¿Existían géneros desde esa mirada o solo se trataban de objetos de energía laboral?
[3] Estas construcciones son consideradas como “marginales, de oposición, minoritarias, residuales, emergentes, alternativas, disidentes…” (Alvarez, 2009).



