“Sólo una cosa no hay. Es el olvido.”, reza un verso de Borges que es una sentencia y una contradicción. Se me ocurre que podría ir encabezado por parte de aquella inscripción que Dante coloca en la puerta del infierno: “Lasciate ogne speranza…” Revisemos la contundencia y la paradoja de la dolorosa aseveración. El decreto anula la expectativa de quienes deseamos, con pasión, condenar a la nada las heridas. De todas las cosas que hay en el mundo sólo una no existe. Por lo tanto, si la poesía está en lo cierto, hay una cosa que se define por su no existencia. La segunda parte del verso continúa el problema: aquello que no existe no es, sin embargo se afirma, después de la pausa, “Es el olvido”. El olvido “es” algo que no hay. Por lo tanto el olvido existe pero no existe, he aquí la paradoja, el imposible. Ensayemos una solución a este enigma.
En el canto ocho de La Odisea, ante las melodiosas palabras de un aeda, Ulises se pone a llorar. Este llanto llama la atención de Alcínoo, rey de los feacios, quien intenta averiguar las causas de tal expresión de dolor: “Dime por qué lloras y te lamentas en tu ánimo cuando oyes referir el azar de los argivos, de los dánaos y de Ilión. Diéronselo las deidades, que decretaron la muerte de aquellos hombres para que sirvieran a los venideros de asunto para sus cantos.” El sabio rey establece una conexión a mi parecer muy acertada. Los dolores humanos son la materia de la poesía, poesía en su sentido amplio, digamos que el sufrimiento es el material con el que trabaja el artista, es el origen y el sentido de la creación. El arte se convierte no sólo en catarsis, en purgación, sino también en memoria para los venideros. Un archivo recreado que se constituye en un reservorio de uno de los componentes de la esencia humana, el dolor.
A esta altura de la historia no debe ser necesario aclarar que la memoria no se transcribe, ni siquiera fuera del arte, siempre es recreación influida por el presente del recordador. Ya es más que conocido el origen etimológico de la palabra recordar: recordis, volver a pasar por el corazón. Volver a pasar por la emoción, por el sentimiento. Nada de lo que atraviese terrenos tan fangosos puede salir impoluto, por más esfuerzo aséptico que pongamos en el ejercicio de la memoria. Recuerdo en este momento una escena y un diálogo de una película. En “El secreto de sus ojos”, dos personajes se encuentran en una estación de tren. Uno está sentado, esperando poder hallar por azar, o por destino, al asesino de su esposa. Recorre varias estaciones de Buenos Aires, las alterna y espera. Se dice a sí mismo que algún día el criminal pasará ante sus ojos. El otro es el funcionario actuante del juzgado, quien también busca lo mismo aunque con otros métodos. Se reconocen y conversan. El viudo intenta aferrarse con todas sus fuerzas al recuerdo de su bella esposa. El día del asesinato, a la mañana, antes de que él se fuera a trabajar y se despidiera por última vez, ella le había preparado un té con limón, pues estaba con tos, ¿o fue con miel?, se pregunta. Ya no sé si tengo un recuerdo o un recuerdo del recuerdo. No quiere olvidar, y aunque no lo sepa en ese momento, su miedo es infundado y trágico. Su condena – y la de todos- es el no olvido, cosa que se confirma al final de la historia, cuando el funcionario del juzgado y nosotros descubrimos que ha mantenido encerrado por más de veinticinco años al asesino de su esposa en su propia y particular cárcel. Pero el presidio real de los personajes es la memoria y de él no pueden escapar.
Por necesidad y por incapacidad nos aferramos a los recuerdos, a nuestra creación particular del pasado que nos define de alguna manera en el presente. Si la memoria es creación, si es imposible guardar punto por punto, letra por letra los detalles de nuestra vida, el olvido es exactamente su opuesto, el olvido es la memoria y viceversa. Y si deseamos con tanto fervor el olvido es porque al desearlo conservamos la memoria. Estoy absolutamente convencido de que si el olvido fuera posible ya no sería un objeto deseo y el arte no sólo no existiría, no sería necesario. Dolorosa fortuna esta, la de penar y recrear constantemente, la memoria de lo perdido. Acaso nos quede un consuelo, nada podrá impedirnos el ejercicio de hacer atravesar, por el músculo cardíaco, los dichosos momentos de encuentro.


