Hace pocos días, en la mañana de un viernes, participamos, junto con una colega (Nydia Correa), de un taller en la Colonia Berro. El taller trataba de poner en discusión el concepto de estereotipo como otra forma de encarcelamiento. Llegamos a la Berro en una camioneta que traslada a jóvenes que trabajan ahí desde distintos lados de las ciencias sociales. Llegamos con nuestras telas de colores, nuestra pintura de Magritte, nuestra música, nuestros disfraces a un campo de concentración. No de otra manera me los imagino. Un gran portón con custodia policial, un camino central, “hogares” a los costados del camino, totalmente enrejados, alambrados con púas, rodeados de casetas en torres con vigilantes. Rejas y más rejas, funcionarios con llaves que abren una y otra vez puertas laberínticas hacia jaulas donde apenas se puede respirar. El taller salió muy bien. Los gurises participaron desde su lado, con su lenguaje, con un cuidado del espacio similar al que vemos en un aula. Al finalizar y despedirnos de los muchachos, este despistado se dio cuenta de algo: algunos gurises tenían grilletes en los pies y todos se iban esposados. Lloramos casi toda la tarde. Uno sabe ciertas cosas, pero ver, oler, sentir, tocar el encierro de animales que les dan es otra cosa bien distinta.
Algunos juntan firmas, descargan su rabia, manifiestan su idolatría por los bienes y se olvidan de la piel y de los huesos, y de eso que puede llamarse alma, cerebro, sentimientos, corazón. Se olvidan de sentir por sí mismos y por el otro. Es cierto que otros llorarán seres queridos, arrebatados a fuego y hierro. Es cierto que otros gritan el encierro y promueven la ley del talión porque tienen la memoria desgarrada. “Ojo por ojo y el mundo se quedará ciego” dicen que dijo Gandhi… y tal vez ya lo estamos. No vemos, hacemos que no vemos, no queremos ver.
Lloramos toda la tarde y lo hago ahora al repasar los rostros de esos demonios, de esas bestias, de esos asesinos, de esos delincuentes que me rodearon durante una hora con sus preguntas, con su lenguaje, con su respeto, con sus risas, con su encerrarse en sus muros de defensa, con sus jaulas emocionales semi abiertas. Esos rostros, esas caras, en nada diferentes a los alumnos que veo todos los días en el liceo, esos rostros que quizás no tuvieron el abrazo oportuno, el rezongo a tiempo, que no pudieron escapar del encantamiento del mercado y de sus alambrados electrificados, de este sistema que le dice tenés que tener, tenés que comprar, tenés que poseer. Que nunca dice tenés que amar ni sentir, al menos que sea con un regalo bajo el brazo comprado en cómodas cuotas.
Lloré mucho y hoy lo hago de vuelta. Juro que eran mis gurises, nuestros gurises, los de todos los días, los que se quejan del uniforme y del pizarrón lleno, los que me hacen saltar la sonrisa imprevista y me hacen olvidar desganos y derrotas. Los mismos. Son los mismos y lloro, porque no solo les veo los rostros, les veo los pies y los grilletes y las manos y las esposas. Los veo mentalmente en las cajas que habitan, detrás de los alambrados, debajo de las torres y de las balas. Aquellos gurises son, ahora también, mis gurises, los de todos los días… y lloro, aunque me hayan dicho, toda la vida, que los hombres no lloran.
…lo amuraron, lo enrejaron, lo alambraron
Le ajustaron las manos a hierro y miedo
Por si pensaba alas le acortaron los pasos
Le cerraron las ventanas porque el aire es contagioso
Lo obligaron al balde y a rendirse de espanto
Lo pintaron de rojo y le pusieron siete cuernos
Lo convencieron de su rabia
De que el otro es el otro y su enemigo
Le aseguraron los círculos del infierno
Que los arcoíris los aromas y los abrazos
Son parte del mito detrás de las vidrieras
Los invitaron al mundo solo para echarlos de la fiesta
Para prohibirles el roce de los ojos, los puentes, las palabras
Los amontonaron, los hicieron stock, números, inventario
Eslabones de eslabones de eslabones al infinito
Le sembraron la pesadilla de estar despierto
Los alejaron del viento, por si volvían a pensar alas…
Y los que lo hicieron siguen acopiando hierro
Levantando muros, enrejándoles la sombra
Asegurándose de que la huella no se borre
Machacando hasta el hartazgo
La culpabilidad que cargan en las viseras
Rafael Fernández Pimienta
Setiembre de 2013



