Palabras aclaratorias.
Las líneas que siguen son parte de un trabajo más extenso dedicado a recordar a un pensador, pedagogo y sobre todo un militante social brasilero: Paulo Freire. Este año se cumplen 15 años de su desaparición física.
Su experiencia es una guía a tener en cuanta a la hora de empezar la actividad de todos los días; al analizar nuestras prácticas político-pedagógicas; al pensar en un presente y un futuro digno para todos los explotados por el sistema imperante.
Estas líneas intentan presentar tres aspectos claves de la praxis freireana: el sueño, la utopía y la esperanza. Para caminar en un proceso de cambio necesitamos esos tres elementos. No son solamente palabras.
Una rápida lectura de los procesos que han sacudido al mundo, que han dejado una enseñanza para los sectores populares, tienen una estrecha relación con esta tríada. Recordemos a los esclavos que se liberaron del yugo francés en el lejano Haití; recordemos las rebeliones de los negros que se escapaban a los kilombos en el imperio del brasil, formando una comunidad independiente en Palmares; recordemos la comuna de parís y el control obrero; recordemos la huelga general de 15 días que resistió al golpe en Uruguay en el 73; qué decir del llamamiento zapatista en 1994 para decir basta a las agresiones del sistema; ¿y de los campamentos y asentamientos de los sin tierra, qué podemos decir?
Seguro que ninguno de ellos se paralizó frente a los gobernantes de turno para pedirles permiso para rebelarse, para actuar en dirección contraria a lo que le decía la “realidad”; seguro que estos grupos no se dejaron aplastar por lo que estaba dado en la realidad, no sintieron que lo exigido era mucho y que debían ser realistas.
¿Cómo harán los sectores populares para cambiar la realidad si siempre piensan con la cabeza del patrón o gobernante de turno?
La lucha es por más sueños
El último tópico que quisiera tocar y desarrollar es el referido a los sueños, la utopía y la esperanza. Si alguien lee estas palabras, estos conceptos, estas categorías de forma ligera, rápida y sin detenerse podría decir que son palabras, conceptos o categorías, relacionadas con lo romántico, con aspectos que invitan a permanecer al margen de la vida política, de la lucha social1 (recordemos que la educación es un acto político-pedagógico por excelencia).
Nada más alejado de la concepción freireana (y de otros pensadores que están en esta misma línea de pensamiento de la liberación). Si uno recorre las páginas de las distintas obras de Freire puede ver que las referencias a los sueños, la utopía y la esperanza son constantes. Nuestro autor posee una visión particular sobre el trabajo de alguien que pretende impulsar y apoyar los cambios sociales. El primer aspecto a desarrollar es el de la denuncia de las injusticias, la falta de criterio humano que se vive en el sistema imperante, donde todo pasa por la lógica de costo-beneficio y la razón instrumental, sin tener en cuenta al ser humano. La denuncia de todo esto es imprescindible para comenzar a tomar la palabra, para comenzar la lectura del mundo. A partir de allí es que los sectores populares y los docentes comenzarán a conocer la realidad de otra manera, podrán pensar y ver realidades antes desconocidas.
Este es el primer paso –imprescindible- para la creación de un mundo y una sociedad nueva. Luego de comenzar a conocer la lógica del sistema, la forma en que los más son explotados por los menos, es allí donde se deberán esbozar otros futuros distintos a la realidad en la que se vive. Es en ese momento cuando el sueño, la utopía y la esperanza deberían aparecer, deberían estar presentes en la vida de los sectores populares y en las prácticas diarias de los docentes y educadores en general. El autor llega a decir que esta debería ser una exigencia que el educador se debe imponer, luchar por no cercenar los sueños, sino todo lo contrario, luchar porque los sueños sean cada día más y cada vez más sueños. Como afirman Hinkelammert y Mora:
“el sueño de las utopías parece ser parte de la condición humana. ¿No era una utopía para el ser humano común de hace 500 años acabar con decenas de enfermedades hoy erradicadas, dar la vuelta al mundo en unas pocas horas o días y viajar a la luna y más allá? Aunque los sueños sean imposibles de realizar directamente, la renuncia a los mismos paralizaría el curso de la humanidad, nos obligaría a vivir aquí y ahora, nos conduciría a sentenciar lo real como racional” (Hinkelammert y Mora, 2009: 390).
La posibilidad de pensar otras realidades, otros modos de relacionamiento, otros futuros en los que el ser humano pueda desarrollarse plenamente, eso es por lo que ha luchado y trabajado Freire. Y esto comienza a conocerse en el día a día, en lo cotidiano, pero siempre teniendo en cuenta el proceso político general, el que lleva a pensar en toda la sociedad, en lo universal.
En un momento Freire sintió la necesidad de escribir una obra que lleva como título Pedagogía de la esperanza. Dicha obra fue editada por primera vez en portugués en 1992 y en español en 1993. Como es sabido la década del 90 fue una década terrible para los sectores populares y para las organizaciones sociales. No solamente desde el plano de la explotación económica (en esa década es que se desarticulan los sindicatos quedando a merced del gran capital los trabajadores, así se expulsa a miles de trabajadores que pasarán a engrosar la fila de desocupados y las periferias de las ciudades generando un modo de vida cada vez más inhumano, viviendo a las orillas de arroyos, de ríos o en bolsones céntricos en casas abandonadas con peligro de derrumbe en verdaderos tugurios2), sino también desde los aspectos político-culturales.
A fines de la década del 80 y principios de la década del 90 es que se decreta “el fin de la historia” por parte de F. Fukuyama. La idea que se pretendió imponer (y que en gran medida se impuso, también en sectores autodenominados de izquierda) es que la historia no cambiaría más, ya no habría cambios en las sociedades: el capitalismo con su lógica había triunfado de una vez y para siempre y junto a él, la democracia formal y la ideología liberal. Esta idea fue difundida de manera extendida por los medios de comunicación y paulatinamente fue adquiriendo rasgos de certidumbre absoluta, pues como vimos en otro apartado hoy se duda de que los cambios sociales, políticos y culturales sean posibles. Hoy se vive como le comentaban a Freire: “la realidad está así y no se puede hacer nada”. Es la década del fin de las ilusiones; la utopía y los sueños quedaban sepultados para siempre3.
Es precisamente en ese momento que Friere decide publicar su obra. En dicha obra el autor repasa y hace un reencuentro con la Pedagogía del oprimido, vuelve a recorrer las vivencias y experiencias desarrolladas en el momento en que escribe su obra, quizá más conocida. Cuando escribe la Pedagogía del oprimido (principios década del 70) estaba exiliado en Chile, pues el golpe de estado en Brasil lo había expulsado de su país de origen.
Al escribir Pedagogía de la esperanza el mundo había cambiado totalmente, era otro. Sin embargo el autor encuentra que la concepción de su obra, los motivos por los cuales escribió aquélla obra, continuaban vigentes y desafía a quienes le negaban el derecho de ser educador (Freire 1993: 7).
La desesperanza era lo común en esos años, la derrota de los proyectos populares, la desesperación por sobrevivir era lo cotidiano. La desesperanza plantea la propuesta freireana “nos inmoviliza y nos hace sucumbir al fatalismo en que no es posible reunir las fuerzas indispensables para el embate recreador del mundo” (1993: 7).
Como puede observarse la desesperanza juega un papel de muerte de la voluntad de los seres humanos. De esa manera los sectores dominantes tienen todo bajo control, pueden estar tranquilos sin sobresaltos.
Por supuesto que no basta con tener esperanza ni sueños pues: “Mi esperanza es necesaria pero no es suficiente. Ella sola no gana la lucha, pero sin ella la lucha flaquea y titubea. Necesitamos la esperanza crítica como el pez necesita el agua incontaminada” (Freire, 1993: 8). Es a partir de datos, de estudios y de la relación con lo que sucede día a día en nuestro entorno, en la región y en el mundo, que comenzaremos a construir la esperanza y la dignidad.
A partir de ese momento comienza a construirse la posibilidad de la utopía y del sueño. Como ya hemos visto antes, no existirá para esta propuesta un cambio mágico, sin el compromiso, la lucha y la disposición de los seres humanos, de organizaciones e instituciones realmente democráticas, horizontales, en donde todos los integrantes puedan participar y formar parte de las decisiones (de una u otra forma). Luchar para poder ejercer el derecho de influir en la toma de decisiones que nos afectan día a día (y no solamente cada 5 años a través de un voto, o mendigando en los despachos parlamentarios unas migas…) es uno de los primeros pasos en el largo proceso de liberación.
Lo antes expresado:
“supone la posibilidad de poner en tela de juicio a la institución, participando activamente en la formación de la ley. Significa la posibilidad de ejercer el poder instituyente de la sociedad” (Rebellato, 1995: 185).
Vale preguntarnos: ¿qué hay de utópico en la propuesta freireana?
La utopía se encuentra en buscar que en la sociedad no existan humillados, desposeídos, explotados; buscar una sociedad en la que los seres humanos puedan desarrollar y tener un proyecto de vida propio y autónomo; una sociedad en donde las corporaciones del capital no impongan a través de los organismos internacionales y los gobiernos, la dictadura del mercado, las cuales permiten acumular la riqueza a sectores minoritarios de la sociedad, mientras las mayorías sufren los efectos de esta dinámica social.
Otro elemento utópico es la relación que establece la propuesta entre docentes/educadores y educandos/estudiantes. La relación se aleja de lo que conocemos se da habitualmente en los centros educativos de hoy (tanto en primaria, secundaria, como en la universidad). Las condiciones en las que se desarrolla el trabajo político-pedagógico hoy lleva a que se viva una especie de ruptura, una separación marcada entre los sujetos de la educación. Es evidente que los sectores dominantes están utilizando este hecho para perpetuar su dominio en la sociedad.
La propuesta freireana -como ya hemos visto en otro apartado- parte del diálogo como base del proceso educativo, es decir que reconoce a los sujetos de la educación. Para que suceda este proceso las condiciones deberían ser otras muy distintas a las actuales: desde aspectos de la infraestructura, pasando por lo salarial, hasta llegar a tener una participación real en la toma de decisiones de los involucrados en los procesos educativos. Por supuesto que en los tres ciclos de la enseñanza existen casos de reconocimiento de los sujetos, de diálogo y de respeto, pero a nivel institucional, la política general niega todos estos hechos (especialmente en primaria y secundaria).
Teniendo en cuenta lo anterior es que se puede apreciar que la propuesta freireana se desarrolló en ámbitos formales de educación primaria, secundaria y terciaria, teniendo en cuanta la opinión y las decisiones que tomaban los docentes, lo padres y funcionarios. Se discutía con ellos los cambios que se pensaban realizar, los cuales se elaboraban junto a la comunidad educativa en su conjunto4; no se tomaban decisiones en acuerdos cupulares alejados de la realidad cotidiana de los centros educativos. Y lo central era desgastar el orden establecido.
Relacionado con lo antes mencionado está el protagonismo de los actores de los procesos político-pedagógicos. Este es otro de los puntos que podríamos considerar como utópicos, pues hoy se vive una realidad que niega toda participación a los actores reales de la educación, pues se los considera un simple ejecutor de las políticas proyectadas entre los expertos, los políticos profesionales y las corporaciones del capital que buscan obtener réditos influyendo en la toma de decisiones de los sistemas educativos.
La utopía, el sueño y la esperanza forman parte de la subjetividad de los sujetos, de allí la importancia de la conciencia, de trabajar para desvelar la realidad, para aprehenderla en sus detalles más profundos. En cierta manera la tríada de conceptos que abre este apartado, es un estímulo para luchar y ser protagonistas de la historia que nos tocó vivir.
En Pedagogía de la esperanza, Freire realiza una autocrítica que es imprescindible tener presente a la hora de reflexionar sobre la posibilidad de cambio social y por tanto a la hora de pensar la educación. Plantea que hay dos tendencias antagónicas pero que terminan teniendo el mismo resultado de conservar el orden establecido: el subjetivismo y el objetivismo mecanicista. Estas dos posiciones son ajenas a la realidad social, están cristalizadas, pues no logran incidir en aquélla. Para sortear este conflicto plantea que:
“la visión dialéctica nos indica la necesidad de rechazar como falsa, por ejemplo, la comprensión de la conciencia como puro reflejo de la objetividad material, pero al mismo tiempo nos indica también la necesidad de rechazar igualmente la comprensión de la conciencia que le confiere un poder determinante sobre la realidad concreta” (Freire, 1998: 96-97).
El objetivismo mecanicista lleva a creer que un cambio en la infraestructura llevará a un cambio social automáticamente. Por ello en los
“socialismos históricos […] el reduccionismo y el economicismo conformaron un modelo de hombre tecnológico animado por una racionalidad de tipo instrumental. El hombre y la mujer nuevos debían ser los que alcanzaran plenamente su adaptación al desarrollo de la tecnología. El socialismo era reducido a la expansión tecnológica” (Rebellato, 1995: 190).
El subjetivismo lleva a pensar que solamente con la conciencia se puede cambiar la realidad concreta. En esta línea podría ocurrir lo mismo con los sueños, la utopía y la esperanza; podrían actuar como un bálsamo para que los sujetos permanezcan inmóviles y dóciles ante un futuro prometido, pero ajeno a ellos (marcado por una elite –de partido y/o de sabios expertos-). Esto fue lo que ocurrió en
“los socialismos históricos […] Estos se encontraban fuertemente impulsados por modelos deterministas y fatalistas, que aspiraban al advenimiento inexorable del reino de la libertad y del socialismo” [esta era la utopía que tenían estos modelos sociales, pero dicha utopía negaba la participación de los sujetos]: El estado burocrático excluía el protagonismo del pueblo organizado. La participación era vista como algo instrumental, que carecía de valor en sí misma y que sólo podía servir para ratificar determinadas decisiones tomadas por los expertos”. (Rebellato, 1995: 190).
Por este motivo no es absurdo pensar que la utopía fue utilizada por los
“socialismos históricos” como un alivio para soportar un presente opresivo.
La utopía, el sueño y la esperanza pueden llegar a ser fuerzas creadoras si tienen como impulsoras y protagonistas a los sujetos organizados en movimientos, si éstas son las creadoras y recreadoras de utopías, sueños y esperanzas. Sin el protagonismo de los sectores populares no habrá nuevas realidades, no existirá una realidad social diferente.
Estos tres elementos impulsan la propuesta freireana, son elementos indispensables para enfrentar lo cotidiano. Al decir de Freire: “el sueño también [es] un motor de la historia. No hay cambio sin sueño, como no hay sueño sin esperanza [ni sin utopía]” (Freire, 1998: 87).
Héctor Altamirano.
1 Existen sectores ortodoxos de izquierda (resabios del legado stalinista –aunque ellos no se reconozcan como tales-) que afirman y creen que existen leyes históricas, estadios por los cuales una sociedad deberá pasar para llegar al estadio final. Dichos sectores reniegan de la utopía pues la consideran un elemento retrógrado y paralizador. Entre otros José Saramago “llamó en diciembre de 2004 a “olvidarse de las utopías” y en 2005 en el debate “Quijotes hoy: utopía y política” celebrado en el marco del Foro Social Mundial en Porto Alegre, Brasil, a finales de 2005, reafirmó su planteamiento sobre la inutilidad del concepto de utopía” (Hinkelammert y Mora, 2009: 389).
2 Para profundizar en esta temática puede consultarse la obra Los sin tierra urbanos, especialmente el artículo de B. Nahoum (2011): Los asentamientos irregulares, entre prevenir y curar. En: Gonzalez y
Nahoum. Montevideo. 2011. pp 13-24.
3 En nuestro país se vivió una derrota simbólica en 1989 con la derrota del “voto verde”. Con esta derrota se dejaban libres a los responsables del terrorismo de estado vivido entre los años de 1973-1984 (el Uruguay la tuvo en los años previos al golpe de estado un camino democrático a la dictadura, en los años conocidos como “pachecato”). Véase Rico (2005).



