Lxs adultxs ni-ni

(que ni entienden ni posibilitan un cambio)

Es seguro que este artículo llega totalmente a destiempo. No hay duda de que se incorpora tarde al debate, pero intenta complejizar elementos que surgen desde lugares con mucho poder en términos de generación de discursos

de verdad-saber.

El año 2011 pareció rodar en torno a la construcción de una imagen de lxs(1) jóvenes ligada a la anormalidad. Los menores infractores desde el inicio, lxs jóvenes que ni estudian ni trabajan al final.

Estos dos temas tienen muchos elementos en común, pero nos gustaría centrarnos en un aspecto concreto. Ambos toman una característica circunstancial de la vida de la persona y la elevan al rango de absoluto.

Ambas categorías, la de “menor” y la de “nini” generan un tipo social que parece absoluto y eterno, pero que en realidad parte de una circunstancia de la vida de los sujetos. Esa circunstancia aparece desligada completamente de las características de la sociedad de la que forman parte, de sus contingencias y de sus estructuras, para visualizarse como una opción de las personas.

La cuestión pasa a estar así en el orden de lo volitivo o del deseo: alguien que ha robado o
que no estudia ni trabaja en lugares más o menos institucionalizados, pasa, categoría mediante, a ser un abstracto social, una construcción teórica de una vez y para siempre dada, fundada en la voluntad de los sujetos.

Digamos además que ambas categorías, la de “menor” y la de joven “ni-ni”, aparecen completamente desligadas de explicaciones profundas. No se habla de las causas que puedan
eventualmente explicar por qué existen jóvenes que no estudian, no trabajan o que cometen
delitos. Como dijimos, el discurso vacío de contenido explicativo y analítico, se funda únicamente en cuestiones de elección y de voluntad. La cuestión no se observa como un
problema político y no se evidencia la obvia contradicción del manejo de estos discursos con
los de la “integración” y “la reinserción social”.

Sostener la categoría “menor” o joven “nini” como categoría explicativa de lo real es incompatible con cualquier postura verdaderamente educativa. Estas categorías, lo que hacen es reducir al sujeto político a la nada, es dejar en su mínima expresión a la persona. Parece, por el sólo uso de la palabra, que esos jóvenes SÓLO roban o SÓLO son incapaces de estudiar o trabajar.
Si realmente se buscara solucionar este problema se debería poner el acento en otro lugar. Lxs “menores” y lxs “ni-ni” existen como parte de una andamiaje amplio y complejo de exclusión
que signa la vida social en la actualidad.

Hablar de exclusión implica hablar de una acción social que obstruye el ejercicio pleno de ciertos derechos fundamentales a determinadas personas, dado su lugar social o las  circunstancias particulares en las que se encuentran. Nada hay en eso de elección o de deseo. Sostener que en realidad sí es elección nos vuelve de cierta forma a la vieja dicotomía civilización vs. barbarie, aunque ahora el enemigo interno ya no sea la ignorancia como decía Sarmiento, sino la “inseguridad”. La cuestión es preservarnos y preservar a las instituciones
de estos nuevos tipos incivilizados. Existe entonces una parte de la sociedad que hay que civilizar, no importa les son las causas que orientan sus comportamientos.

Así la sociedad y las instituciones en general se tornan selectivas y reproductoras de la lógica de exclusión. Es decir, lxs adultxs generan formas de analizar los datos de la realidad y
acciones al respecto, que se vuelven sostenedoras de una lógica, que no busca más que modificar conductas que se dan por peligrosas. Pero las soluciones que lxs adultxs encuentran
sólo forman categorías inútiles, que no entienden a las personas ni posibilitan cambios en cuanto a proyectos de vida propios.

Construir una categoría sociológica con gente que ni estudia ni trabaja nos suena demasiado a algo cuasi ontológico, a algo fijo, eterno. Por más que la política que se intenta diseñar
apunte a modificar esta circunstancia de las personas, si se olvida que no trabajar no es más que una circunstancia, y si además se pasa por alto que la misma es fruto de un sistema
económico y social que es excluyente de gran parte de la gente, se corre el riesgo del asistencialismo y del prejuicio (dos elementos nefastos para las políticas públicas).

Las políticas públicas que pretendan la modificación de conductas, desde el posicionamiento de las personas en un cierto lugar que suene a inmutable (los que no estudian ni trabajan, los que nunca lo han hecho) cometen el error de construirse a sí mismas una barrera contra la cual de pique deberán luchar. Antes de empezar, deberán deconstruir el lugar negativo en el cual ellas mismas han puesto a las personas.

Por más que se argumente que se intenta modificar esto, se parte de concepciones erróneas que ni entienden ni posibilitan procesos educativos reales. A su vez, estas construcciones
invisibilizan los “sí” potencialmente inmensos de los sujetos, así como la posibilidad de cambiar, de mutar, de transformarse: los “sí” de lxs jóvenes fácilmente visibles si unx está dispuesto a ver. En cierta forma en este punto sí hay una cuestión volitiva: lxs adultxs debemos asumirnos responsables y disponernos a actuar de acuerdo a los “sí”.

Se constituye en un dato de la realidad, lamentablemente, que el discurso se sostiene por actores institucionales que operan reproduciendo la lógica de la selectividad, que no entienden causas y que no posibilitan un cambio. Realizar un análisis certero de la problemática en cuestión y que se oriente verdaderamente a producir cambios, debe en primera instancia, reconocer la fuerza de la lógica expulsiva del capitalismo actual, para luego
buscar alternativas y soluciones que estén a la altura de las circunstancias.

[1] En este artículo se utilizará x en vez del o
(o e) en los finales de las palabras que hagan
referencia a más de un sexo y se acostumbre
a utilizar el final masculino, por un uso
patriarcal del lenguaje.

Florencia Martínez Schipani
Matías Meerovich

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