Sebastián Peralta: «Algunas herramientas para revisar nuestra práctica argumentativa»

Las Asambleas Generales de ADES Montevideo son instancias de una importancia absolutamente insoslayable. En primer lugar, se trata del máximo órgano resolutivo de nuestra filial. Esto, que puede parecer una mera disposición estatutaria, es en realidad un compromiso político muy fuerte con una cierta concepción de la democracia sindical: el ámbito que puede ratificar o rectificar cualquier decisión tomada por cualquier otro órgano de ADES Montevideo es un ámbito de participación directa, donde se exponen argumentos con libertad y pluralismo (existen disposiciones y reglas de intercambio tendientes a garantizar estas condiciones), y cada asambleísta, al alzar su mano para votar a favor o en contra de una propuesta, reconoce tácitamente que lo hace habiendo escuchado las consideraciones que se han expuesto en el transcurso de las oratorias, o asumiendo la responsabilidad de votar sin haberlo hecho. Esta concepción de la democracia sindical no es la única posible: existen otras organizaciones cuyos máximos órganos de resolución son instancias cerradas, donde participan solamente algunos individuos, elegidos mediante mecanismos proporcionales de representación.

En segundo lugar, es el nuestro un sindicato docente. Esto implica, al menos en principio, que las y los asambleístas somos personas que trabajamos cotidianamente con ideas, y que por lo tanto contamos con determinadas herramientas conceptuales y metodológicas que permitirían un grado de precisión teórica mayor que el que cabría esperar en otro tipo de intercambios argumentativos. Afirmar esto -es lamentablemente necesaria la aclaración- no se contradice en un ápice con el reconocimiento de nuestra condición de miembros de la clase trabajadora, de nuestra condición de explotadas y explotados, etc.

Por otra parte, y como cabe esperar en cualquier espacio donde los seres humanos tratan con cuestiones contingentes, las instancias democráticas distan de ser infalibles, y una circunstancial mayoría de voluntades individuales puede implicar que una Asamblea General resuelva favorablemente en torno a afirmaciones falsas (que la cifra de grupos suprimidos es X, cuando en realidad es Z), inútiles (convocar a una instancia de decisión luego del plazo en que dicha decisión puede ser tomada), o incluso absurdas (aprobar dos propuestas contradictorias que es materialmente imposible llevar a la práctica). Ninguna disposición reglamentaria puede impedir que cometamos errores de esta índole, y menos aún otra clase de errores, quizás más sutiles o pasibles de controversia.

Existen, no obstante, algunos recaudos que es posible tomar para reducir considerablemente nuestra posibilidad de equivocarnos. Estas líneas se centran particularmente en uno: la consideración crítica de los razonamientos expuestos en el contexto de un discurso argumentativo, valiéndose para ello del concepto de falacias. Detectar la presencia de estas formas defectuosas de argumentación permite mitigar, al menos en parte, sus efectos nocivos para con la búsqueda de la verdad material, tanto al reconocerlas en el discurso ajeno, como al evitarlas en el discurso propio.

Una definición pragmática de falacias podría indicar que se trata de “jugadas argumentativas” incorrectas o inconvenientes. A los efectos de estas consideraciones, no obstante, conviene ceñirse a una definición más clásica: las falacias son razonamientos que parecen correctos pero no lo son. Su aparente validez los hace, por otra parte, profundamente persuasivos; de allí el interés teórico que suscitan.

Si el objetivo de una argumentación es arribar colectivamente a conclusiones acertadas, la utilización -deliberada o no- de falacias constituye un elemento absolutamente contraproducente. Si, por otra parte, el objetivo de una argumentación es simplemente convencer a la mayor cantidad posible de personas de que acepten un determinado punto de vista -veraz o no-, puede resultar una herramienta útil, incluso necesaria.

Si bien el número de falacias descriptas es considerable, y no son pocos los criterios de clasificación posibles, podríamos centrar nuestra atención en algunas que puede resultar útil tener en mente a la hora de los intercambios argumentativos que suelen darse en nuestras asambleas.

 

1.- Falacia de apelación a la tradición.

Esta falacia, también conocida como argumentum ad antiquitatem, es relativamente sencilla de detectar. En general, consiste en afirmar que una determinada práctica X es adecuada porque siempre se ha hecho así, o a la inversa, que una determinada práctica Z es inadecuada porque nunca se ha hecho.

Esta falacia, si bien relativamente burda en cuanto a su figura, es sin embargo muy perniciosa, ya que -de ser efectiva- constriñe las posibilidades del colectivo de pensar soluciones nuevas para problemas recurrentes.


2.- Falacia de apelación a la piedad.

Esta falacia, también conocida como argumentum ad misericordiam, consiste en intentar demostrar que un cuestionamiento es incorrecto o infundado, despertando la compasión de los interlocutores hacia la persona o hacia el grupo de personas objeto de tal cuestionamiento. Una forma muy común que adquiere esta falacia es la victimización lisa y llana. Incurrimos en esta falacia cuando, para desacreditar una crítica realizada a A respecto de una afirmación X o de una conducta Z, apelamos a remarcar el modo recurrente en el que A ha sido objeto de todo tipo de ataques y afrentas. Desde luego, puede ser cierto que los ataques hacia A en el pasado han sido reiterados, incluso infundados o malintencionados. Sin embargo, esto no dice nada sobre si la afirmación X es o no verdadera, o sobre si la conducta Z es o no censurable.

Esta falacia puede incluso reforzarse como consecuencia de su conjunción con otra que se mencionará más adelante (la falacia contra la persona en su variante circunstancial): “la crítica de A hacia B es infundada, ya que B es constantemente objeto de ataques, y A está constantemente atacando”. Como puede verse, afirmar tal cosa puede ser una descripción ajustada de la relación entre personas o grupos, pero no aporta en nada a la dilucidación de las ideas en debate.


3.- Falacia de apelación a las emociones.

Esta falacia, también conocida como argumentum ad passiones, es una de las más utilizadas en los discursos argumentativos de índole política. Consiste, como su nombre lo indica, en intentar convencer a un interlocutor de aceptar un determinado punto de vista a través de la apelación a sus emociones, generalmente en un registro heroico o apologético. Incurrimos en esta falacia cuando, por ejemplo, tratamos de convencer a los demás de que acepten el punto de vista de A porque A posee cualidades morales incontrovertibles, o porque forma parte de un grupo Z que hunde sus raíces en la mejor historia del movimiento sindical, o porque siempre ha militado honesta y abnegadamente a favor de los intereses de la clase trabajadora, etc.

Es también cierto que las emociones son una dimensión indisociable de la discusión política, y es esperable que formen parte de ella. Sin embargo, una cosa es reconocer esta circunstancia, y otra muy diferente es apelar al impulso emocional como herramienta discursiva para defender un punto de vista que no puede ser defendido por otros medios más idóneos.

 

4.- Falacia de pista falsa.

Esta falacia, también conocida como red herring, consiste en desviar la atención del tema central que está siendo objeto de discusión, y derivarla hacia un debate lateral que no guarda una estricta relación lógica con aquél. Incurrimos en esta falacia cuando, por ejemplo, en lugar de discutir si la acción más conveniente es X o Z, discutimos sobre los motivos por los cuales la concurrencia a algunas asambleas es escasa.

En general, esta falacia no consiste en argumentar a favor o en contra de un determinado punto de vista (de manera adecuada o inadecuada) sino antes bien en eludir tal debate. Centrar la discusión en un tema lateral puede permitir disimular, al menos temporalmente, que quizás no existan buenos argumentos a favor de la acción X, o que quizás los argumentos en contra son muy sólidos.


5.- Falacia del hombre de paja.

Esta falacia es particularmente interesante: las reglas de funcionamiento de las asambleas son muy propicias para su puesta en práctica, y es en consecuencia una de las falacias en las que más habitualmente incurrimos. Funciona del siguiente modo: en lugar de rebatir un determinado punto de vista, se construye una versión adulterada de ese punto de vista -convenientemente más débil que el original, un “hombre de paja”- y se rebate esa versión. Se aparenta de este modo haber rebatido un punto de vista contra el cual no se brindó ningún argumento. Incurrimos en esta falacia cuando, por ejemplo, en lugar de discutir en torno a la propuesta real X1 (que consiste en sustituir A por B), se argumenta contra una propuesta ficticia X2 (que consistiría en eliminar A, a secas). Esto pretende ser una refutación de X1 cuando, de hecho, no lo es.

Una de las razones por las cuales esta falacia puede resultar tan efectiva en el contexto de una asamblea, guarda relación con el modo en el que se exponen las mociones. Como se sabe, se presentan por escrito ante los integrantes de la mesa, quienes les dan lectura unos momentos después, y luego una vez más antes de ser sometidas a votación. Esto ocasiona que los interlocutores puedan referirse en numerosas oportunidades a una propuesta, sin que los asambleístas tengan necesariamente presente todos los detalles o fundamentos de la misma1. En estas condiciones, es relativamente fácil que la diferencia entre un punto de vista y su correspondiente “hombre de paja” pase desapercibida. Otra razón que explica su efectividad es la ausencia de interrupciones durante las oratorias. Esta disposición -que no carece de sensatez- posibilita que una argumentación entera se base en una interpretación errónea de la propuesta que se está cuestionando, y que este error no pueda ser indicado, en el mejor de los casos, hasta que exista una réplica posterior.


6.- Falacia contra la persona.

Esta falacia, también conocida como argumentum ad hominem consiste en intentar demostrar que una idea es falsa o que una propuesta es mala, a partir de premisas que no guardan relación con la idea en sí, sino con quien la propone o la defiende. El tipo de alusión que se haga sobre el individuo objeto de la falacia, determinará si se trata de una falacia contra la persona de tipo ofensivo o circunstancial.

La falacia contra la persona en su variante ofensiva consiste en intentar demostrar que una proposición es falsa atacando directamente al individuo que la defiende. Cometemos esta falacia cuando, en lugar de discutir sobre si la proposición de A es correcta o no, nos centramos en denunciar a A por su condición de mentiroso, o paranoico, o malintencionado, o esquirol, o pederasta, o burócrata. Desde luego, un individuo puede reunir todas estas características y que su idea sobre cuándo realizar un paro sea, a pesar de ello, correcta.
En la falacia contra el hombre en su variante circunstancial, no se recurre directamente al ataque, pero se argumenta contra una proposición aludiendo a circunstancias o condiciones (no necesariamente negativas), que se le atribuyen a quien la defiende. Por ejemplo, en lugar de demostrar que la proposición de A es falsa, se argumenta que A en el pasado pensaba de otro modo, o que A integra un grupo donde también está B, o que A se beneficiaría personalmente si su propuesta resultara aprobada.

La falacia contra la persona es especialmente cuestionable no solamente desde un punto de vista argumentativo, sino también desde un punto de vista moral: atenta principalmente contra individuos concretos, valiéndose de la calumnia y del daño personal como herramienta discursiva. Ocurre, en ocasiones, que tal calumnia no se configura por la sencilla razón de que las acusaciones vertidas son enteramente ciertas. Sin embargo, esto no implica que no estemos ante una falacia: la veracidad de las acusaciones que se realizan sobre alguien no dice nada sobre la veracidad de su afirmación2.


7.- Falacia de apelación a la fuerza.

Esta falacia, también conocida como argumentum ad baculum, consiste en intentar convencer a alguien de que acepte un punto de vista, apelando a la amenaza de violencia o a la violencia explícita. En general, se puede aplicar también esta categoría a aquellas estrategias argumentativas que consisten en utilizar la amenaza o la violencia como mecanismo de intimidación contra un individuo para evitar que exponga ciertas consideraciones, más allá de que no contribuya a rebatirlas.

Esta falacia está, afortunadamente, entre las más inefectivas, quizás por ello muchas personas inteligentes se abstienen de incurrir en ella. En ocasiones, incluso se vuelve contra quien la esgrime, en tanto es una estrategia a la que -precisamente por su ineficacia- se recurre solamente cuando es imposible apelar a ningún otro tipo de fundamento argumental, convirtiéndose así en una evidencia de la debilidad del punto de vista que se pretende defender.

 

Sería de una ingenuidad inexcusable el pensar que el mero hecho de reconocer la presencia de falacias en el discurso ajeno o en el propio puede contribuir decisivamente a mejorar el procedimiento y el resultado de nuestras discusiones colectivas. Somos seres humanos y la discusión perfectamente racional es, en cierto sentido, utópica. Sin embargo, conforme podamos desprendernos de estas falacias en las que -a menudo inadvertidamente- caemos, podremos poner más atención en las verdaderas razones en las que se fundamentan nuestras propuestas, nuestras lecturas de la realidad, y también nuestras críticas y cuestionamientos.

Quizás sigamos sin ponernos de acuerdo en ciertos puntos, pero nuestro desacuerdo será transparente, fundado e intelectualmente honesto.

 

Sebastián Peralta

 

1.- Este problema (y muchísimos otros) podría solucionarse de manera relativamente rápida y fácil con la mera incorporación de un dispositivo de proyección de imágenes en todas nuestras asambleas.
2.- Es interesante notar que las afirmaciones críticas sobre el pensamiento o el accionar de un individuo no constituyen en sí mismas una falacia. Podrían ser argumentos perfectamente válidos (o incluso necesarios) en el marco de una discusión sobre si ese individuo es el más propicio para asumir una tarea o responsabilidad.

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